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Un paseo por el centro histórico. La basura y la mexicanidad.

Fotografía de Un paseo por el centro histórico. La basura y la mexicanidad.
Fotografía del archivo de Deutschlango

Después de habitar algunos años en el extranjero, admito que la ciudad de México cuenta con un clima benevolo, pero aún así, pese a los menos 10º de algunos días en Alemania, en mi país paso más frío. Prácticamente ningún lugar cuenta con calefacción. No es necesario, pero los que vivimos fuera nos confiamos. Como el sol de invierno quema, nos hace creer en el calor tropical, pero después del atardecer la temperatura desciende con el astro hasta el inframundo.  Estamos justo en ese trance, así que mejor me cubro pues esta tarde de fines del otoño está previsto que baje hasta unos 12 grados.
Mientras descendemos los 7 pisos, sobre uno de los peldaños de marmol, resalta un papel. Lo levanto y bromeamos que debería doblarlo e introducirlo en una esquina del quicio de la ventana. Así hace la gente educada en México: la basura no se tira, se acomoda. Por ejemplo, los vasos con residuos nunca se deben dejar mal asentados pues se corre el riesgo que derramen su contenido. Mejor hay que acomodarlos coquetamente en una esquina, por ejemplo de la entrada de una casa, sobre un escalón, o mejor en una banca. Ya será irresponsabilidad si algun descuidado los tira y se ensucia. Las basuras pequeñas se introducen en lugares poco accesibles: los orificios de una banca, los espacios entre los muros de las construcciones, detrás de una tela de alambre. Lo importante es mostrar el esfuerzo que hace uno porque la basura no se vea.
La relación con la basura en México es especial. A veces furtivamente, a veces con cinismo, alguien abandona una bolsa con basura a un lado de un poste, una chica fresa pasa y, ante la falta de basurero, con mucha educación coloca a un lado la botella de agua que le dieron en el Uber, algún negocio también aprovechara para dejar allí sus desechos y ahorrarse la propina de los empleados de límpia. La osadía del primero a quien se  acepta calificar de cochino, da permisividad a los demás sin poder achacarles ninguna culpa pues eventualmente el camión o los barrenderos harán su trabajo.
La basura deja un rastro. Ya inaugurado el tiradero renacerá de sus propios desechos, vendrán quienes viven de ello y escarbarán por cualquier material de valor: latas cartón, etc. En México se recicla todo, aunque sea en condiciones infrahumanas.
En cambio, en Alemania, la basura se separa en al menos tres recipientes: empaques, papel y cartón, y desechos sucios, si se tiene jardín se separa también la basura verde; las botellas y latas se clasifican aparte. Muchas tiene importe, valor que ayuda a la supervivencia de ilegales y locales que, ante una economía informal casi inexistente y ante lo exiguo del mínimo de supervivencia que otorga la seguridad alemana, recolectan esos 15 o 25 centavos por cada botellas o latas que los bebedores abandonan por las calles. Es sencillo identificar a los hombre cucarachas que con lamparas en mano, van revisando el interior de los basureros. Los demás envases de vidrio tienen también un lugar preciso. A la vuelta de nuestro departamento, pasando la panadería, en la esquina del parque se elevan las tres bocas de sendos contenedores ocultos bajo el nivel de la calle. Vidrio blanco, vidrio verde o vidrio café señalan sendos letreros.
No sólo hay un plan para la basura del día a día; objetos voluminosos como electrodomésticos, muebles y colchones se dejan frente a la casa con letreros para que cualquiera los aproveche; también se puede reservar espacio con el servicio de limpia, para que en un día específico, pasen a recogerlos.
La KWB, el sistema de limpia de Colonia, es preciso y eficiente, y siempre son la última comparsa del desfile de carnaval y la macha gay. Curtidos chacalones tanto rubios como mediorientales con overoles técnicamente diseñados y modernos barredoras de gruesos cepillos, levantan los restos de la alegría de ese día. Eso no es todo lo que se hace con la basura; como pináculo de civilidad, en Colonia existen dos emplazamientos que reciben sin costo todo tipo de desechos y objetos. En Alemania no hay excusa para dejar de comprar, es fácil deshacerse de las cosas, a diferencia del tercer mundo donde la economía de susbsitencia, hace que todo tenga algún valor. En la ciudad de Mexico basta prestar atención a la voz que, con un sonsonete similar a los tamales oaxaqueños calientitos, ofrece adquirir colchones, refrigeradores y fierro usado que vendan.
En Alemania la ropa usada, antes de segunda mano, ahora se llama vintage,  y se vende en boutiques a mayores precios que la nueva, en cambio, en México, viene en pacas desde Estados Unidos y se ofrece en los mercados.
Una vez que se ha formado un tiradero en la calle, es casi seguro que permanecerá, pues facilitará el trabajo del servicio de limpia y será vaciado periodicamente: en las colonias pobres con menos frecuencia que las ricas.
Una mañana, no importa la zona de la ciudad, antes de que vuelva a acumularse la basura, como milagro mariano, aparecerá la imagen de la virgen de Guadalupe, patrona de México y de las Américas. No tiene que ser un altar muy elaborado, basta una imagen bien enmarcada, bien fijada y suficientemente iluminada para que todos la admiren y así transforme ese lugar en espacio de veneración; un nicho con una estatua de bulto tendrá un resultado similar pero, eso sí, bien pegada y con un canadado, pues aunque es bien sabido que los ladrones nunca roban nada con la figura de la virgen de Guadalupe, no vaya a ser una alma piadosa quien haga que la imagen cambié de altar.
Cruzamos el lobby del edificio y mientras bromeamos sobre origamis de basura, me cuestiono qué mide mejor la limpieza de una sociedad, lo que hace con su basura o la cantidad de basura que genera.
Cerramos tras nosotros el portón de metal y, apenas pisamos la banqueta, buscamos un espacio a través de la multitud decembrina que aunque nutrida, aún no alcanza el máximo. Día a día, la cantdad de gente irá creciendo hasta la Navidad, luego tendrá un ligero descenso que se mantendrá hasta el 6 de Enero. El marathon Lupe Reyes está por comenzar: 25 días continuos de fiestas que comienzan con el doce de Diciembre. Y como dice el dicho, a cada capillita le llega su fiestesita, y ese día, para que sigan operando los milagros, se rinde culto a la virgen de morena (como nombre de partido político): a la entrada de las gasolineras, entre los calendarios de las vulcanizadoras, en sitios de taxis, tiendas, caminos, hasta dentro de autobuses y las que la gente aprovecha para exponer frente a sus casas, todas estarán ilimunidas, remosadas y decoradas con luces prestadas del árbol de navidad; frente a muchas se reunen a festejar, se bebe y se escucha música. A medianoche se  entonan las mañanitas, se truenan fuegos artificiales y llega la contricción.
Es la primera fiesta de la temporada. Oficialmente no se celebra nada más hasta las posadas: las novenas son también más festivas que contritas en México. Los compromisos no pararán hasta culminar con la rosca de reyes y varios kilos de más. La noche del 5 al 6 de Enero muñequitos ocultos dentro de un pan de levadura decorado con frutos secos designarán a los padrinos del niño Jesús que el 2 de febrero, día de la Candelaria, levantarán al ahijado del nacimiento, lo llevarán a vestir (existen tiendas especializadas en ello en el callejón de Talavaera en el centro histórico –algo como el Maneken Pis en Bruselas–), ya arreglado lo bendecirán en la iglesia y el bautizo se celebrarán los tamales. La mayoría se saltan algunas partes de la tradición y van directamente a los tamales con champurrado y atole.
Caminamos hasta Bolivar, justo en la esquina, un edificio ostenta una placa que presume una breve premanencia en su juventud del procer Sudamericano que da el nombre a la calle.
Esta navidad es un poco triste, aunque la fiesta del día de muertos sirvio de alivio, se celebrará apenas 3 meses después del terremoto que afectó la vida y el patrimonio de muchos; no pareciera que las multitudes son menos nutridas, pero  lo son.
Todavía es costumbre de muchos mexicanos surtirse en los negocios legales e ilegales del centro histórico. Hay calles especializadas en los más diversos artículos y zonas completas que recordarían al mercado prehispánico de Tlatelolco. Esquivo una mujer de enagua rosas y rasgos indígena que, en un petate ocupando la mitad de la banqueta, ofrece bolsas y moneredos bordados de coloridas flores. Me sorprende pues en estas zonas, después de algunos pactos y de un poco de fuerza, habían erradicado a los vendedores ambulantes. No es correcto que nadie se apropien el espacio público, en especial en una forma tan desordenada, pero es una situacion complicada que no se solucionará atacando la útima parte de esa cadena.
Como nuestro objetivo es llegar al Zócalo, nos escabullimos entre la multitud desde Bolivar hasta 16 de Septiembre, cuyas amplias banquetas ofrecen un mejor flujo que Madero el corredor que une la esquina frente Bellas Artes con el Zócalo. Por el camino descubrimos otras indigenas con el mismo tipo de enaguas exponiendo objetos tan similares  a las otras que parecen artesanía oaxaqueña made in China.
Dentro de poco empezarán las campañas políticas y el gobernador de la ciudad se perfila como candidato presidencial, así que  a costa de la ciudad y los ciudadanos es momento de coinciliar con los grupos organizados que, al margen de las cuentas oficiales de campaña, como derecho de piso, aportan recursos y votos.
La luna, la más grande del año, brilla entre los campanarios de catedral y nos recuerda que, como metáfora, en el reciente terremoto se hizo pedazos la esperanza, una escultura de Tolsa que junto con la fe y la caridad coronaba el pórtico del templo. Trump, Nafta, el precio del petroleo, los escándalosos saqueos por los políticos, los candidatos. Realmente no tenía muchas razones para permanecer en pié.
Fotografía del archivo de Deutschlango
Los partidos políticos burlándose de la esencia de la ley y de los ciudadanos han lanzado simuladas campañas para posicionar a supuestos precandidatos que ratificaran una vez que legalmente puedan comenzar la campaña oficial. Los candidatos independientes recolectan de firmas para que sus nombres aparezcan en las boletas pero los requisitos que les han impuesto resultan más complicados que si quisieran fundar un partido político. Es imposible creer el discurso apartidista de muchos de ellos que han repudiado a sus partidos por la falta de hueso (la manera de llamarle a los puestos políticos, pues los roen hasta no dejar nada) y justifican su separación argumentando diferencias ideológicas, como la esposa del expresidente Felipe Calderon, quien durante su mandato iniciara irresponsablemente la guerra que ahora aprovecha el gobierno actual para la aprobación de una ley que justificaría la militarización del país y eliminará la rendición de cuentas pues todo lo que tenga que ver con el ejercito y la marina se juzga aparte y se clasifica como secreto de estado.
Televisa, la más grande televisora del país, en picada por su falta de visión del futuro digital y esperanzada en los ingresos por la publicidad de las campañas, había preparado, gracias a una telenovela titulada la candidata, el camino para Margarita Zavala, simil de la candidata buena, guapa, católica y hasta ingenua, que a pesar del sistema corrupto, salía incólumne hasta alcanzar a la presidencia del país. Afortunadamente los extras de la vida real no leyeron el guión  y el conservadurismo de la mujer de Calderón ha echado por tierra la posición feminista que enarbola, en especial en esta época que gracias a los teléfonos celulares se puede documentar todo, pues su respuesta ante una pareja de mujeres que le muestran a su hija no deja lugar a dudas su oposición en contra de las parejas del mismo sexo. Aunque su opinión conservadora no dista mucho de la del principal candidato opositor, Andrés López Obrador, quien promete que un referendum decidirá las cuestiones de derechos humanos de una minoría.
Pasamos por un costado de Catedral hasta República de Argentina, una de las calles que sigue el trazo de las antiguas calzadas de la México-Tenochtitlan y después de atisbar por los cristales que bajo la calle dejan ver algunos restos de las construcciones aztecas, llegamos al antiguo barrio jesuita, damos vuelta y vamos hasta la plaza de Santo Domingo, donde otrora los escribanos en viejas máquinas mecánicas más que escribir cartas de amor, ayudaban a llenar formularios. Ahora en sus portales ofrecen todo tipo de impresiones y muestran sus catálogos de participaciones de boda e invitaciones de quince años que merecerían formar parte del movimiento kitsch; parte de sus servicios de impresión incluye, de una manera más discreta, pasaportes, credenciales de todo tipo y sin necesidad de ceremonia de graduación, títulos y certificados de estudio.
Acompaño a mi amigo hasta el eje central y mientras esperamos su Uber observamos la tradicional persecución que los mariachis hacen de los coches.
 Recorro, ya solo, el eje en dirección Bellas Artes. Reconozco el Sanborns. Me he hospedado en esa esquina justo arriba de la tienda. A pesar del vidrio doble, en esa habitación penetra impertinente el escándalo del bar tropical del edificio de la esquina. Justo arriba, ya había sido cancelado otro congal debido a una ejecución con varios muerto. Una semana atrás, mientras dormía en esa habitación escuché lo que me parecían comunes gritos de borrachos. No supe si mudaron de ánimo o si tardé en darme cuenta que algo más sucedia. Desde la ventana descubrí un muchacho tirado y su esposa clamaba ayuda a los coches que pasaban por allí. Llamé al 911 pues gritaba que lo habían apuñalado.
Las manchas de sangre todavía siguen allí.
Regreso sobre Gante, calle peatonal amplia que permite circular mejor. En el cruce con Madero, una niña no quiere tomarse la foto con Eduardo manos de tijera. Junto, un chico muy alto, vestido con una túnica y un turbante escribe el nombre en arabe sobre la espalda de una chica, a su lado la mujer maravilla en su traje de amazona despierta más el interés de los padres que de los niños. Más allá al final de la calle, alrededor de un fuego y al ritmo del tambor, un grupo danza. Algunos llevan cintas en la cabeza, otros cascabeles en las pantorrilas, algunos más extremos usan penachos y taparrabos. Yo los llamaría concheros pero son parte de un movimiento que sin respeto para nadie más, se apropian de las plazas del centro histórico. Profesan algo que llaman neomexicanidad, un New Age con supuestas raices prehispánicas. Pretendidos caballeros águilas y jaguar repudian a los españoles actuales por unos que llegaron 5 siglos atrás, a diferencia de otros mexicanos que ven en sus raíces europeas un rasgo de superioridad, aunque su color palido provenga de un soldado francés atravesando la sierra durante la invasión francesa. Pero ahora para muchos está de moda exaltar nuestras raíces indigenas aún cuando los verdaderos tengan que sentarse en las calles a vender su artesanía. Esta moda prehispanista valora sólo lo antiguo, por ejemplo hace todo lo posible por demostrar que el mezcal, en moda creciente, es prehispánico, como si la posibilidad que sea el resultado del mestizaje cultural entre españoles e indígenas le restara mexicanidad.
Nos avergüenza nuestro verdadero linaje pues en México, tanto europeos como indígenas, desprecian al mestizo que a fin de cuentas somos todos. Hernan Cortés es considerado un villano, Rivera los retrata maltrecho y sifilítico en los murales de Palacion Nacional y sólo unas letras señalan su tumba en la capilla del primer hospital del continente que el mismo fundara. Todos esos que danzan exaltan lo grandioso de los aztecas a pesar de lo sanguinarios que fueron. Los dominados que se sublevaron son considerados traidores y los conquistadores españoles confundidos con los actuales habitantes de la península son villanos. Pero somos descendientes de unos y otros. México es un país mestizo: no sólo las palabras sino también las formas indígenas permean a nuestro español cotideaneo, compramos en la tlapalería alcayatas y switches, vamos al tianguis por jitomate, chapulines y alpargatas, molemos con ajo los chiles en el molcajete, y bebemos, acompañado de churros y tamales, chocolate con azucar preparado con leche.

No asumimos lo que somos. Quizás reconocernos como mestizos, sería lo primero que necesitaríamos para construir una nueva y real mexicanidad.