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recordando el bicentenario

Fotografía de recordando el bicentenario
Ahora que se avecina el aniversario del natalicio de Porfirio Diaz por el cuál se celebra la independencia de México durante la noche del 15 de Septiembre y no el día 16, un amigo nos ha convocado a participar en los eventos que se llevarán a cabo en Frankfurt, por eso decidí recuperar de la memoria (electrónica) esta narración de la fiesta del bicentenario en Bruselas.

amigo,
pues no puedo dejar de pasar por alto esta oportunidad para contarte de mi nostálgico reencuentro con la patria querida.
Ya son dos años que nos alejamos de nuestro terruño adorado y ¡qué mejor oportunidad de reencontrarnos con nuestras raíces que la fiesta del bicentenario organizada por la Asociación de Mexicanos en Bélgica!

A fin de cuentas, a la distancia, nos habíamos librado de tanto "bicentenarismo" . Aquí no se hablaba ni de la torre bicentenario, ni del parque bicentenario, tampoco resonaba la canción del bicentenario, y las carreteras por acá sólo indican a donde conducen y no si forman parte de una rutaque nadie sabe ni a donde va ni de donde viene.

En fin, que hasta ahora habíamos disfrutado de las bondades que nos otorga la distancia, pues sólo nos recibíamos lo mejor del país: una mediocre exposición de Frida Kahlo, algunas esculturas monumentales de Javier Marín y las únicas cabezas mexicanas cercenadas se expusieron en una gran terraza en el Toison D'Or; hasta el Manneken Pis (el personajito más famoso de Bruselas) vistió traje de charro el día de la independencia.


Aunque nunca fuimos ni activos ni pasivos entre la comunidad mexicana de Bélgica, la fiesta del 18 de Septiembre –si en México se celebra el día 15 por el cumpleaños de don Porfirio, bien aquí podría ser tres días después–, nos ofrecía la oportunidad para regresar a Bruselas y reencontrarnos con amigos que, más que por su nacionalidad, nos unía la complicidad y vicios mutuos .

Mientras nos trasladábamos al lugar de la fiesta, Olivier controlaba desde su celular el avance del reventón: todavía no sirven la comida, nos dijo a todos. Preocupación primordial pues la precopa y la fumada se había alargado de más.
Los boletos ya se han acabado, afirmaban al otro lado de la línea mientras nosotros nos deteníamos a imprimir en un cyber-café nuestros pases de entrada que previsora Berenice había comprado por internet, y que como todo en este primer mundo nos habían llegado a vuelta de correo electrónico y hasta contaban con código de barras.

Me lamenté por mi falta de previsión pues habría sido una oportunidad de invitar a muchos amigos para que supieran que los mexicanos sabemos festejar.
En tantas ocasiones habíamos disfrutado la multiculturalidad de la ciudad, bailamos agitando la cadera y con los brazos en alto al estilo Bollywood en una fiesta hindú, celebramos con los tíos españoles su triunfo contra Alemania, y con los colombiamos habíamos rumbeado hasta el amanecer.
Una fiesta bruselense significaba infinidad de nacionalidades y oportunidades para conocer todo tipo de gente.

Apenas vimos a lo lejos las gigantescas bodegas rehabilitadas en centro de exposiciones, nos estacionamos, pues preferíamos caminar un poco más que quedar atrapados en la vorágine que como en concierto de Luis Miguel en el Auditorio Nacional ya estaría abarrotando los alrededores del Thurn und Taxis. Mirábamos hacia todos lados buscando las multitudes y poco a poco nos fuimos incorporando a los grupos que surgían desde diferentes puntos del recinto pues ninguno encontraba el lugar de la fiesta. Uno señaló hacía un lugar en el estacionamiento donde resaltaban los colores de la enseña patria. A lo lejos reconocimos el verde que representa nuestros campos y el encarnado de la sangre de nuestros héroes que nos dieron patria y libertad. Ya más cerca nos dimos cuenta que era un letrero que en un lado, en verde, señalaba lo que podía hacerse, y en rojo, lo prohibido. No pude dejar de pensar en la tremenda metáfora de nuestra educación cívica.

Finalmente, al final del estacionamiento, frente a un gran galerón brillo la lentejuela de la china poblana que, con una sonrisa llena de orgullo nacional, recibía a los invitad,os. Verificó en su lista nuestros boletos (ojo que el código de barras resultó sólo una intrincada decoración de formalidad en la página impresa) luego nos indicó que pasáramos con una chica que, en una mesa junto a la entrada revisaba grandes listados. Verificó de nuevo en otra lista y nos pidió que pasáramos con una tercera chica. Poco a poco iba sintiéndome ya como en casa. Finalmente ya que descubrieron nuestros nombres en la lista, marcaron su listado y nos entregaron sendas banderitas de papel como las que venden en las papelerías junto con las monografías de Hidalgo y Morelos.

Nada más traspasamos la puerta, mi corazón dio un vuelco, y casi se me derraman las lágrimas ante esa visión que en un instante, sin tener que pagarle 1000€ a Airfrance, me regresó al terruño querido. Infinidad de recuerdos se arremolinaron en mi cabeza: la boda de mi prima la güera, los 15 años de la hija del Reyold en Barra de Coyuca, las quinceañeras del ángel de la independencia. Allí estaba toda la comunidad mexicana en Bélgica acomodada en mesas de redondas de 10 personas donde, como en abanico multicolor, algunas connacionales habían desplegado sus rebozos , otras habían colocado sus bolsas de mano o en algunas mesas más, los más jóvenes habían sido forzados a montar guardia para asegurarse que ningún advenedizo pudiera ocupar algún lugar que,ajeno a estas delicadezas del folklore nacional, no hubiera previsto con anticipación su inclusión en alguno de esos grupos que conforman nuestras raíces en el extranjero.

No habíamos ni consumido la primera cerveza cuando se cerró el bar. La rubia flamenca que atendía la barra no podían explicar la razón de esa ley seca tan conocida para nosotros. Todos, en un acto cívico a fortiori dejamos nuestras copas y nos levantamos y miramos al frente. La embajadora, enfundada en el mismo traje de charra de todos los gritos pero que ahora seguro le había costado un poco más de trabajo entrar en él, comenzó su discurso. A falta de otros más para hacerlo, elogío su gestión de la crisis de la gripe porcina que toda la prensa local, como un gran logro de promoción a México, había bautizado como la gripe mexicana. También, mientras esperábamos junto a la barra que volvieran a fluir los margaritas, siguiendo los lineamientos de la capital, lanzó vivas a Madero y la corregidora. Por un momento se cayó y todos aplaudieron. La chaparrita cuerpo de uva que impaciente esperaba en la fila de los margaritas  en primer lugar delante mío se agitó como preparándose a hacer su pedido. No sé si habré malinterpretado la emoción en sus ojos y pensado que sufría una cierta decepción cuando la embajadora continuó hablando. Por un momento nos miramos en lo que me pareció una cierta complicidad que sólo se podría dar en la fila de las bebidas, algo similar a esa solidaridad que surge en la cola del baño. Simplemente emití una frase para enmarcar ese momento. "Demasiadas solemnidades, ¿no?". Levantando las cejas y empujando sus grandes pechos por arriba de la cintura, puso una cara de "Quoi?" que sólo podría lograr alguien, que, como ella clamaba, llevaba viviendo 30 años en Bélgica y, olvidándose que era la primera en la fila de los margaritas, llena de orgullo nacional me lanzó como escupitajo a la cara: "Por eso lo hacemos, pues los mexicanos que están fuera se olvidan de ésto. Desde hace treinta años luchamos por esto".

Bueno, pues al menos ella sabe por qué lucha...
y eso sí, fue la primera en llevarse sus copas a la mesa...

Y yo, como siempre en las bodas y compromisos familiares, resulté como el pariente incómodo...

Fotografía del archivo de Deutschlango

En fin que costó tiempo pero al final, cual si fuera boda mexicana, nos dedicamos a zapatear al ritmo de caballo dorado, la coloreteada y bule bule... pero me di cuenta que siempre habrá quienes lucren con nuestras "raíces nacionales" para lograr aunque sea unos pocos privilegios , pues resulta que la fiesta "nacional" se ha convertido en una posesión de unos cuantos que incluso tratan de traidores a los que se distancian de ellos. En lugar de traspasar fronteras y convertir la fiesta nacional en un patrimonio de la ciudad de Bruselas del que todos, independientemente de su nacionalidad, comenten y quieran asistir con gusto, es un evento político en el que se lanzan vítores al gobierno mexicano en curso (al menos en México son gratis y hasta regalan torta de tamal) y se repiten inútiles y anacrónicos discursos. En cualquier otro país, la forma en que la banda de guerra resuena mientras se honra a la bandera se podría interpretar como fascista pero en México es nacionalismo puro.


... y agregando...

como también parece que es nacionalismo puro disparar a la gente en las calles con el pretexto de que se le está defendiendo contra los males que aquejan al país... en fin...