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Para descubrir el oriente se debe viajar a occidente La nao de China El galeón de Manila

En una travesía de 19 horas con conexión en Singapur, la aerolínea de esa isla nos depositó en el aeropuerto Ninoy Aquino de Manila, llamado así en honor a Benigno Aquino (1932-1983), político opositor al dictador Ferdinando Marcos, asesinado en ese mismo lugar cuando descendió del avión que lo regresaba del exilio y cuya esposa Corazón Aquino, miembro de las familias más ricas del país, tomó el poder cuando el dictador fue depuesto en 1986 por un movimiento popular denominado “People Power Revolution”; y en esas contradicciones típicas del poder, ahora gobierna el país Bongbong Marcos, hijo del dictador e Imelda, famosa por su amistad con estrellas de Hollywood y políticos como los Reagan, y una colección de tres mil zapatos, muestra de los excesos del régimen que duró más de veinte años, y que ahora se encuentran en un museo. Los zapatos de Imelda parecen que son lo único que se pudo recuperar del saqueo de ese régimen. El fiscal que investigó el caso tuvo que exiliarse en Estados Unidos debido a la persecución política que se le siguió. Otra similitud con México. Lástima que el fiscal que investigó en Chihuahua el saqueo durante el gobierno de Duarte no haya tenido mejor suerte y ahora se encuentra en prisión por acusaciones derivadas de sus acciones en la investigación en contra del gobernador.
La historia de los zapatos de Imelda Marcos me hace recordar la colección de la cantante de Celine Dion, que con alrededor de unos 10,000 pares dentro de un armario totalmente automatizado, supera en más de tres veces los de la ex-primera dama filipina. A un ritmo de tres pares diarios, le tomaría casi 10 años en usar todos una sola vez. Imagino que si se cuestionara a cualquiera de las dos, Imelda y Celine, sobre la legitimidad de esa posesión más allá de cualquier posibilidad de uso, seguro ambas afirmarían que adquirieron esa posesión gracias a su trabajo y, claro, sin abusar de nadie para obtenerlo.
El viaje comenzó con los sobresaltos cada vez más habituales de los retrasos de la bendita Deutsche Bahn (la empresa ferroviaria alemana) pero, afortunadamente –lo sabemos bien los mexicanos–, el caos encuentra su equilibrio y el retraso de un tren se compensó con el siguiente. Los alemanes, cada vez más acostumbrados a estos sinsabores del subdesarrollo, ya no hacen tantos aspavientos como hace unos años que todo funcionaba mejor. El vuelo, a causa del conflicto en Ucrania y los bloqueos a Rusia, toma una ruta más larga pero nada comparado con la afectación que sufren países como Finlandia cuyos vuelos a Asia se han extendido en más de siete horas.
Estamos curiosos por explorar este país que aún en avión resulta distante y que estuvo ligado al nuestro por una ruta marítima durante casi 250 años; según algunos autores la vía comercial más duradera de la historia de la humanidad y la primera globalización pues conectaba las rutas asiáticas de la seda y las especias con América, y ésta a su vez tenía una comunicación ya constante con Europa que luego, gracias a los comerciantes italianos, se cerraba el círculo terrestre.
El paso por migración resulta más expedito de lo que esperábamos y el aeropuerto se observa en mejores condiciones que el mexicano.
Despertamos en una modesta pensión a espaldas del aeropuerto, apenas una escala para otro vuelo. Desde la terraza, ese frondoso paisaje, que no parece parte de una ciudad de casi 15 millones de habitantes, nos resulta conocido: árboles de mango, celosías acapulqueñas y ese cierto descuido del subdesarrollo que nos hace sentir en alguna población costera al otro extremo del pacífico. Volvemos con calma al aeropuerto que está a unos pasos –imposibles de caminar– y el tráfico de la metrópoli prolonga el recorrido a un poco más de media hora.
En un avión de turbohélice volamos a El Nido, llamado así por que las golondrinas erigen en las laderas de sus cerros sus casas tan apreciadas para sopa. En Las Filipinas los nombres de los lugares tienen origen español, los anuncios se escriben en inglés y cada región se comunica en lengua local aunque los idiomas oficiales son el inglés y el Filipino[1] pues el español dejó de serlo en 1973[2] y descubrimos que, aunque ya casi no hay hablantes de la lengua de los colonizadores, a muchos les emociona al menos intercambiar algunas palabras en castellano. Todo es reflejo de su historia: apoyados por Estados Unidos declararon su independencia de España el 12 de junio 1898[3] sólo para pasar a ser posesión gringa y estado asociado hasta 1946; hasta ahora, como muchos otros países, no han perdido la dominación gringa que ayudo a sostener la dictadura de los Marcos quienes le permitieron establecer bases militares en el país y ahora, debido a las tensiones con China, han llegado a un acuerdo para construir más bases al norte del país.
Esa tarde conocemos al grupo con quien nos embarcaremos durante los próximos cinco días con Tao, una empresa fundada por una pareja gay que se ha dedicado a apoyar a las islas de la región de Palawan con trabajo, capacitación y escuelas. Ante los veinte compañeros de viaje, no puedo dejar de pensar que está aumentando el número de jóvenes en el mundo. Afortunadamente no prevalece ninguna nacionalidad y la mayoría son europeos, lo que –sin negar mis prejuicios– hará la convivencia si no más sencilla, al menos, menos ruidosa.
El pueblo en el norte de la isla de Palawan resulta similar a muchos otros de Asia: banquetas intransitables, ruidosas motos tan cargadas que compiten con las leyes de física: tanto por su peso como porque logran pasar por espacios físicamente imposibles, puestos de comida indescifrable y motocicletas con una carcasa adaptada para el transporte de apretados pasajeros que en Tailandia llaman tuk-tuks, en India rickshaw y aquí triciclos.
No tenemos tiempo para jet-lag y a las siete de la mañana abordamos un jeepney que en una hora nos lleva al puerto. A pesar del calor ecuatorial y las lluvias monzónicas, el paisaje parece similar al sureste mexicano, nada más que aquí los campos de maíz han cambiado por arrozales arados por búfalos y el bambú se yergue en sus orillas como carrizos sobrealimentados.
Durante cinco días en un apacible mar nos dedicamos a brincar de isla en isla y a flotar sobre el paisaje submarino: naufragios de batallas del Pacífico, cardúmenes interminables de sardinas que ante la persecución de atunes tratan de escapar fuera de su elemento para regresar en un chapoteo desesperado, peces miniatura que resultarían invisibles si no cruzaran frente a los visores, estrellas de mar de azules intensos, almejas que nos sonríen con coloridos y carnosos labios; payasos, gatos, unicornios, loros, mariposas, ángeles y toda una gama de animales y plantas para las cuales faltan palabras para definir.
Dormimos en islas casi desiertas en reducidas chozas de bambú que nos acogen como hoteles-cápsula costeños. Gracias a noches sin luna e islas sin luces, el cielo se despliega en brillos como falda de china poblana[4].
Nos alimentamos opíparamente con frutas y verduras frescas, y productos recién arrebatados a ese mar, y como muchos europeos son escépticos ante ciertos animales marinos podemos hartarnos sin remordimientos de pulpo y erizo.
Visitamos una aldea de pescadores, origen de algunos de nuestros tripulantes quienes aprovechan para jugar descalzos o en flipflops al basquetbol, implantado deporte nacional, y reconocemos que cada familia atesora un par de gallos de pelea. Regalamos dulces a los niños y algunos de nuestros compañeros de viaje (quienes cargan drones, cámaras fotográficas, ropa a la moda y todo su equipo de buceo; votan verde, consumen orgánico, sustentable, y son veganos e intolerantes al gluten), expresan una queja por algunas envolturas que ya forman parte de la basura entre las casas, pero no caen en cuenta que esos papeles ostentan emblemas conocidos en todo el mundo: Nestle, Coca Cola Co., Pepsico, Haribo; todas empresa cuyos beneficios de alguna manera garantizan el bienestar del mundo de donde venimos.
Ya como despedida, el último día nos deslizamos en una corriente sobre un gran arrecife, y un jardín de espinas tan lleno de vida nos invita a entonar el jardín del pulpo; finalmente anclamos en Corón, nos despedimos del grupo y pasamos una noche en un pueblo cuya atractivo se encuentra en sus aguas y no en sus calles.
De allí, otro avión de turbohélice nos transporta a Cebú, la segunda ciudad del archipiélago y primera de la colonización española donde Fernando de Magallanes encontró en 1521 la muerte a manos del jefe indígena Lapu-Lapu[5] que, ante la necesidad del país para construir una identidad tras su independencia en la segunda mitad del siglo XX, fue erigido como héroe nacional y no importa que la estatua de Legazpi, el conquistador de las Filipinas, siga decorando una plaza central de Manila.
[1] Una versión estándar del tagalog.
[2] En Mindanao se habla el chabacano que es lexificado del español pero con una gramática similar a las lenguas locals.
[3] Fecha que actualmente conmemoran como independencia, antes celebrada por muchas décadas el 4 de julio, pues ese día, en 1946, lograron su independencia (política más no injerencista) de los Estados Unidos, una fecha demasiado significativa para mantenerla como celebración de independencia. Ahora, en esa fecha, se conmemora como el día de la amistad con Estados Unidos.
[4] El traje de china poblana con su colorida falda de lentejuela y chaquira fue adoptado como traje típico nacional durante la presidencia de Álvaro Obregón y tiene su origen en el intercambio entre México y las Filipinas pues la lentejuela tiene origen asiático. Existen muchas leyendas del origen del traje pero hasta ahora ninguna comprobada históricamente.
[5] La duplicación de palabras es un fenómeno común en algunas lenguas del archipiélago (especialmente en tagalog) y puede tener significado muchas veces enfático, y otras veces puramente estético. Muchas otras lenguas usan formas similares aunque en menor grado, como en inglés zigzag, bye-bye, chit-chat, criss-cross, super-duper o en mexicano viene-viene o dale-dale. Por cierto, la palabra yo-yo es posiblemente de origen tagalog y significa viene-viene.
José Rizal, un joven ilustrado[1] acusado de rebelión y fusilado a los 25 años de edad dejando atrás varias obras entre ellas dos novelas que criticaban fuertemente a la iglesia católica y la falta de interés del régimen español por sus gobernados, es el mayor héroe filipino. Prácticamente en cada pueblo hay una plaza Rizal y en muchos casos, como figurita de pastel de bodas, se erige la estatua del joven filipino.
Al sur de la isla de Cebú, en Oslob, participamos en un atentado masivo en contra de la fauna local. Desde las cinco de la mañana comienzan los visitantes, más nacionales que extranjeros, a reunirse por centenares para tomar turno, una mujer que repite sin cesar la misma perorata[1] nos explica que no debemos intentar tocar a los animales, y nada más amanece, de diez en diez, en lanchas de remos que van formando un círculo a pocos metros de la playa nos sumergimos por media hora a observar a los tiburones-ballena, animales migratorios que normalmente buscarían su alimento en la inmensidad del mar y que son atraídos allí gracias al cebo que lanzan en las aguas donde nadan los turistas por lo que todo se convierte en un caos donde a veces no sabes si estás chocando con la gorda de junto o con los confundidos animales. Lamentablemente, aunque hay algunas cascadas e iglesias antiguas, esto es lo que atrae los turistas a esa zona pues la cultura no es tan fotogénica.
[1] Durante la dominación española se llamaba ilustrados a los filipinos que habían estudiado, muchas veces en Esppaña.
[1] Quizás una oportunidad para instrumentar a tecnología de los tamales calientitos y del se compra…
En ese típico chauvinismo mexicano que nos hace sentirnos en el ombligo de la luna, en cada oportunidad preguntó a los locales si saben algo de la relación entre mi país y Las Filipinas, pero poco, o nada aportan al respecto, como tampoco es que en mi patria se sepa mucho, aunque el nombre de la nao de China evoca sueños orientales. Aún así nuestro pasado común –no sólo la parte castiza– es evidente, en México, al mango nativo de las Filipinas le llamamos mango-manila, y en el archipiélago disfrutamos de singkamas (jícamas), sayote (chayote), abokado (aguacate) tsiko o sapoche (chicozapote) y guyabano (guanábana), paseamos por los tianquisgge (tianguis), dormimos sobre petates y los campos sin sembrar están cubiertos de sakate. Lamentablemente el sili (chile) no se incorporó a su gastronomía. Pero eso sí, cuando saben de nuestra nacionalidad nos preguntan entusiasmados sobre el Canelo y otros boxeadores, y también mencionan las peleas de gallos, y aunque en la televisión reconocemos a Marimar hablando en Tagalog afortunadamente las telenovelas no es un tema.
La capitanía general de las Filipinas dependía políticamente y económicamente de la Nueva España por lo que algunos autores la califican como la colonia de una colonia, y sirvió de eje para reunir los tan apreciados productos orientales que se llevaban a América y Europa en un tortuoso trayecto que, como tenía que buscar las corrientes marinas al norte de Japón, demoraba más de seis meses en lo que se llamaron el tornaviaje, pues se descubrió con posterioridad a la ruta en sentido opuesto, que antes de la existencia del tornaviaje obligaba a los marinos españoles a volver a través del estrecho de Magallanes y los territorios portugueses.
Esa avidez por las sedas, lacas y tibores, entre otros productos asiáticos, generó en Manila –que sólo servía de puente comercial– el primer barrio chino del mundo que sigue tan activo como entonces pues los sanglares, comerciantes chinos, traficaban con los productos del gigante asiático que estaba cerrado a los extranjeros. Los barcos que volvían de América en un trayecto más corto de tres meses venían cargados con lo único que les interesaba de América a los chinos: la plata mexicana que sostenía a la colonia, y si acaso completaban la carga con unos pocos productos como la grana cochinilla, metales y armas.
Desde la isla de Cebú cruzamos con turistas en un improvisado ferry a Bohol, pues los locales no necesitan del internet para conocer que disponen de otras mejores opciones. Al llegar nos unimos a un recorrido de 40 km en kayak por los túneles del río Abatan donde se encuentran 32 de las 70 especies de manglares del mundo. Al regreso hacemos una pausa, y continuamos al atardecer río arriba para ver las luciérnagas. A diferencia de los bosques de Tlaxcala donde al oscurecer te rodea la luz de estos insectos, a lo largo del río sólo en ciertos árboles forman comunidades que parpadean como las luces de una ciudad en miniatura.
Bohol es una de las islas más turísticas del país pues, además de sus playas, cuenta con varias peculiaridades, algunas reales y otras más bien forzadas, como un raquítico zoológico de boas traídas de Burma y un pobre santuario de mariposas en que la guía se encarga de sacudir las hojas para forzar a los insectos a volar para los turistas; un bosque de caboas que presumen como man-made lo que no resulta tan sorprendente viniendo de Alemania donde todos sus bosques son explotados y vueltos a sembrar.
Otros lugares, aunque muy concurridos, resultan realmente sorprendentes. Las Chocolate Hills[1], conjunto único el mundo formado por alrededor mil ochocientas colinas de peculiar forma que se extienden en una superficie de 50 km2.
[1] De nombre inglés pero pronunciadas por los locales de manera más castiza: “cho-co-leit”, en lugar de la pronunciación americana “Cho-clet”.
Aunque le llaman “santuario”, el lugar para observar al tarsero (tarsier) que con un tamaño de 9 a 16 cm es el primate más pequeño del mundo, se convierte en un burdel de turistas que por más reglas que expliquen, es imposible que no perturben el sueño de estos animales nocturnos.
En esa misma apretada jornada recorremos el rio Loboc, primero libre de turistas y luego, a medio día, en un gran bote con bufet y show a bordo
Ya que hemos visitado las atracciones de las guías, nos decidimos a emprender un camino más libre y en autobús vamos a Bilar para visitar la zona protegida de Rajah Sikatuna, que por estar fuera de los circuitos comerciales resulta libre de visitantes, allí alimentamos con cacahuates a los macacos, y aunque también alberga a los tarseros, éstos no están disponibles para los turistas; después de comer sigsing (orejas, papada y tripas de puerco fritas), poco antes de que se ponga el sol, no sorprende el lémur volador de las Filipinas planeando de un árbol a otro.
De Bohol retornamos a Manila sólo para abordar un autobús nocturno y en 10 horas recorrer la distancia de menos de 400 km hasta Banaue, en el norte de la isla.
Al día siguiente tenemos la suerte de asistir a un festival que se compone de bailes en la plaza del pueblo.
Y una peculiar competencia de motocicletas de madera que me hizo recordar mi infancia sobre una avalancha en las cuestas de Boulevares.
Subiendo y bajando escaleras, recorriendo a diferentes niveles angostas pasarelas entre campos de arroz, como atrapados en un juego de video, emprendemos un extenuante trayecto de 40 km a lo largo de los bordes de las terrazas de los arrozales que forman un sistema de cultivo y riego que algunos antropólogos datan en más de 2,000 años de antigüedad.
Desde nuestra llegada al norte de la isla de Luzón hemos notado manchas rojas en el suelo y que los hombres rumian algo en sus bocas y cuando sonríen muestran un peculiar rojo entre los dientes. Un letrero que prohíbe “escupir moma” nos rebela la causa de ello.
La moma es la forma en que se consume la nuez de betel, la semilla de una palma local. Primero se rompe y pela la nuez que junto con un poco de cal y tabaco se envuelve en la hoja de la misma planta para mascarla hasta extraer su jugo rojo que seguramente se absorbe a través de las mucosas de las encías pues una vez extraído hay que escupirlo ya que es un fuerte purgante. Cuando preguntamos por su sabor, no saben describirlo, nos dicen que es dulce y salado, amargo y astringente, y así lo es. Al masticarlo inmediatamente se siente su efecto sicoactivo que sube a la cabeza y ante esa sensación estimulante me digo: Another adiction.
Pasamos la noche en una modesta pensión en Cambulo, un pueblo de agricultores y allí, en esos lugares típicos de backpackers, cuando César le señala a una chica que está absorta oliendo una flor de floripondio de las peligrosas cualidades de la planta, entablamos conversación con un grupo de jóvenes francófonos que nos cuentan de su voluntariado en Manila. Un belga narra entusiasmado sobre el proyecto de reciclaje en el que participa y ante nuestro pronto regreso a Manila, nos dan recomendaciones, y nos comentan que habitan en Makati, esa parte aséptica de Manila donde no circulan los triciclos, no hay basura y para cruzar las calles los peatones, para no perturbar la circulación de los autos, tienen que bajar y subir escaleras en cada esquina (a fin de cuentas, habrá pensado el constructor, los pobres que vienen de los campos de arroz están acostumbrado a ello).
No dejo de cuestionarme si en lugar de aportar con su visión eurocentrista, no deberían estar abiertos a llevarse algún aprendizaje a sus países y ante ello no puedo evitar recordar a la Susanita de Mafalda.
Y por más que se critique, el reciclaje se da, aunque de otras formas, en especial con las botellas de Mountain Dew de la Pepsico que tienen un atractivo color verde brillante como de planta de arroz recién germinada.
Algunos de esos jóvenes progresistas se horrorizan cuando escuchan que nuestro guía nos promete que en Banaue asistiremos a las peleas de gallo que cada domingo tienen lugar en la población, y otra vez me pregunto qué tan universal será la moral desde donde se critica a otras culturas tan fácilmente.
La arena está atestada pero no hay una sola mujer. Hay plumas en el suelo y testosterona en el ambiente. Tomamos lugar sobre algunas de las tablas que sirven de gradas. Mientras dos hombres presentan sus gallos, otro repite una y otra vez la misma palabra y uno más va anotando en una libreta cuando alguno levanta la mano. Ya que terminan las apuestas los dueños azuzan a sus animales uno contra otro y los sueltan al centro de la arena. Se convierten en una bola de plumas que giran hasta que se detienen heridos y exhaustos. Los levantan, los vuelven a poner cara a cara y la lucha se reanuda hasta que uno por más que lo levantan ya no puede sostenerse en pie. El encuentro ha durado poco. Se pagan las apuestas y sigue otra pelea. Así se repite la lucha y al final termina con una pelea entre tres gallos.
A diferencia de otros lugares del lejano oriente, aunque hay bastantes, aquí no predominan los “chinos”, y lo señalo de manera coloquial y descriptiva –aunque políticamente incorrecta–, para usar el término que en México agrupa al estereotipo de los asiáticos de ojos oblicuos y piel amarillenta. Acá, más que chinos, parecen chinos poblanos y es que se parecen a nosotros, quizás con los ojos un poco más rasgados quizás con la nariz más chata, pero aunque la nao de china viajaba al año una vez de ida y otra de vuelta, sólo con unas 700 personas entre tripulación y pasajeros, lo hizo durante 250 años, así que salvo lo que digan los expertos, la mezcla se nota.
En otro sacudido trayecto de diez horas volvemos a la capital del país. No podemos dejar de visitar su zona histórica: intramuros, por encontrarse dentro de la muralla, y con cierto paralelismo con Colonia, fue destruida en su totalidad durante la segunda guerra mundial y vuelta a construir. Es curioso que alrededor de la muralla haya un campo de golf donde en un rincón se levanta, junto a un monumento al cura Hidalgo, otro en honor al Escuadrón 201 que representó a México en el conflicto mundial y peleó en esta zona que fue clave de la guerra en el Pacífico.
Como curiosidad habría que señalar que dos soldados japonés siguieron ocultos combatiendo en las Filipinas, hasta los setentas en que les pudieron hacer llegar la orden del emperador que terminaba la guerra.
La importancia de la población china se manifiesta no sólo en su gran barrio y en los rostros de la gente, el cementerio chino de Manila resulta suntuoso y el tamaño de sus mausoleos hace pensar más en un barrio de lujo que en un descanso eterno, incluso en la guía turística se menciona que muchos mausoleos cuentan con baño, cocina, agua corriente y hasta espacio para fiestas. Curiosamente, mientras leemos las tumbas, nos damos cuenta que en Manila hasta los chinos tienen nombres y apellidos españoles.
De Manila volamos en uno de los 9 vuelos diarios que lo une con Singapur que por lo visto tienen un gran intercambio de trabajadores, y como epílogo dedicamos un día completo a la isla. Estábamos escépticos pero la ciudad resulta algo más que sólo moderna, aséptica y consumista. La oferta de comida es omnipresente y variada, y la convivencia de las religiones nos hace pensar en un pacífico e imposible Jerusalén.



























