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Mil kilómetros por el Amazonas

El recuerdo concreto más antiguo del Amazonas que puedo extraer de la profundidad de mi memoria remonta sobre las páginas de Vargas Llosa, dos mil kilómetros río arriba en una avioneta con las visitadoras del ejército peruano. Esas historias que se desenvolvía a lo largo de la selva como la construcción de la Casa Verde me sorprendían y desertaban mi curiosidad mucho tiempo antes de que su autor se convirtiera en escritor de best-sellers y en figura de las revistas del corazón.
El camino de Santarem a Alter do Chão está sembrado de iglesias católicas azules y templos cristianos de otros colores. No pasa mucho tiempo después que aterrizamos para que nos encontremos sumergidos hasta la cintura en las agua del Tapajos donde confluye con el Amazonas bebiendo caipirinhas y comiendo moqueca de pirarucú en la que califican como la playa de río más bella del mundo pero cuya arena blanca está bajo nuestros pies esperando las secas.
Brasil es algo especial, es Latinoamérica como nosotros, pero es la parte lusa. Nuestros orígenes están emparentados. Nos logramos comunicar aunque mutuamente encontramos el habla del otro, digamos un poco machucada.
Brasil resulta para Portugal un hijo muy atractivo pero celoso ante el vástago que crece robusto haciendo América, exacerba sus modales aristócratas protegiendo el arcón casi vacío con sus pertenencias del pasado, y en lugar de orgullo, más bien siente repulsión ante esa suave vulgaridad que a todos les resulta tan atractiva del americano.
Después que damos cuenta del almuerzo pasamos del agua a la lancha de Carlinhos y cruzamos esos ríos que son como lagunas y abordamos una canoa donde la voz suave de Bruno, al ritmo lánguido del remo, va embelesando el trayecto a través de la Floresta Encantada.
El canal de Jari une el río Tapajos con el Amazonas. Pequeños monos comen plátanos de nuestras manos. Como si acompañáramos a Ulises, probamos el loto en múltiples preparaciones. El jambú, cuyos botones abocan la cachaça, nos adormece la lengua. Nos encontramos con iglesias azules bajo el agua, navegamos campos de nenúfares y otra vez observamos el atardecer sumergidos en el río.
Bata
Atracamos en la comunidad de Santo Domingo. Apenas nos saluda de paso dona Isaura, la dueña de la finca, dejamos nuestras cosas en una galera con un par de hamacas y Carlinhos recoge fruta de la que abunda por el suelo: cuapuaçu y taperebá. Mucha gente de la comunidad está donde los hombres arman un paso seco para las personas, así que mientras unos colocan piedras, otros traen unos maderos y muchos más, sólo miran.
Almorzamos pescado asado, farofa, arroz, frijoles y verduras. Preparamos una mochila con lo básico. Bata nos ayuda a empacar las hamacas en bolsas de plástico para protegerlas de la lluvia.
En esta zona quedan pocas comunidades indígenas. Nuestro guía, esposo de dona Isaura, es un mestizo de pelo largo y canoso. El lazo de liana que porta a la altura de su frente me evoca los accesorios de algunos chamanes neo mexicanos. A medida que nos conduce por la selva va señalando nombre y utilidad de los diversos árboles que pueblan esa parte de la Foresta de Tapajos: ucuba, manduruba, urucú, itau-algo
No hay parte del camino que no esté cubierta de hormigas despedazando todo a su paso y los nidos de termitas son más altos que nosotros.
Hemos tenido suerte, la lluvia ha estado amenazando las dos horas de trayecto pero llegamos secos a un remanso del río para mojarnos pelados como describe nuestro guía.
El camino restante, aunque corto, es cuesta arriba. Desde la loma admiramos la inmensidad de la selva que continua en la otra orilla del Tapajos y más allá se observa el Amazonas. No comprendemos aún la magnitud de dónde nos encontramos. No hay forma de hacer un fuego. Cenamos pescado, arroz, farofa y verduras. Ya que estamos en nuestras hamacas, Bata nos va contando la historia del espíritu de la selva y su voz se va entrelazando con los ruidos hasta desaparecer.
Por la noche escucho pasos en la cercanía pero la noche es cerrada. Despierto con el amanecer y descubro que la neblina apenas está desatorándose de los árboles que la han cobijado durante la noche. Poco a poco va desperezándose con los primeros calores del sol y empieza a remontar al cielo.
Al regreso admiramos un oso hormiguero que tristemente estará enfermo porque no ha huido de nosotros. Ahora Bata no nos repite los nombres de los árboles ni sus usos; es hora del examen y aunque no logramos atinar ninguno, no pierde su buen humor.
Si ya logré memorizar que pirarucú es el pescado carnívoro que podría arrancarte un dedo, tapereba la fruta que me gusta, cupuaçu, la que no, el tucupí la salsa a base de yuca amarillo “inka kola”, jambu, la planta que te adormece, y paro allí antes de que esas pocas voces se misturen en un tarareo en mi cabeza.
En la casa de la cultura de la comunidad, carteles explican el proceso del caucho que explotaron sin piedad en esa zona. Un hombre, de manera artesanal pero con tintes y vulcanizador de botella, nos muestra como hace un lienzo de caucho orgánico color anaranjado que servirá para hacer artesanías: pulseras y collares que por el material y colores parecen más bien arte pop que artesanía amazónica. Me contengo antes de sugerirles que mejor deberían ofrecer prendas a medida a un fetisch club que conozco en Berlín.
Al atardecer, durante un paseo en canoa, Bata nos promete salir nuevamente al oscurecer para buscar jacarés. Aunque sólo descubrimos los ojos de uno pequeño en el agua, todo el tiempo nos acompaña un chiflido en cuatro tonos: fi, fa fu fes, parece el gigante de las habichuelas mágicas, pero se trata del urutáu, un ave insectívora mejor conocida como madre de la luna.
En otra comunidad, conducidos por Café, caminamos otros 20 kilómetros por la selva hasta la mayor sumauma de la floresta: una ceiba tan vieja que se necesitan más de veinte personas para rodearla.
Santarem
Compramos frutas y nueces en el mercado para el viaje en barco y visitamos el museo más pintoresco de los dos que existen allí. La foto de Dica Frazão lo anuncia en la fachada. Su hija nos saluda desde dentro y abre la reja para dejarnos pasar a la estancia de la antigua casa de la costurera que es la sala de exposición donde viejas vitrinas acogen maniquís con las reproducciones que ella misma hizo de sus creaciones, como la que un súbdito belga regalaría a la reina Fabiola durante su visita a esa zona: sombrero, capa y todo. Quizás un poco rígido, sin caída como la seda, pero vestidos y accesorios surgen a partir de fibras naturales amazónicas que la misma Vica preparaba y coloreaba según nos cuenta la hija quien vino a hacerse cargo de la casa a la muerte de la madre. Nos pasa al comedor a mostrarnos el muro de los reconocimientos otorgados a la madre pero lo más sorprendente es no hay ningún mueble ni ninguna superficie que no esté cubierta por algún tipo de chambrita tejida.
Apenas baja el sol, como en toda zona caliente, la ciudad se vuelve más animada y el boulevar del río acoge familias, parejas y alguno que otro sediento ser.
La nueva “Terminal Hidroviário de Passageiros e Cargas de Santarém Joaquim da Costa Pereira “
La salida está programada a las diez y hacemos lo posible por llegar temprano al embarque que comienza desde las siete. El uber cruza los flamantes portones, rodea el estacionamiento casi vacío y nos deja en la entrada del edificio terminal. En una ciudad donde parece que no se ha construido nada nuevo desde la fiebre del caucho, donde el desagüe corre por las calles hacia vertederos que bien podrían albergar a un payaso de Stephen King, una obra de ese tamaño impresiona. Cruzamos la zona de espera prácticamente vacía donde gigantescas escaleras eléctricas conducen a la zona comercial del segundo piso. Hay algo extraño, vamos a embarcar un buque con capacidad para 800 pasajeros y no percibimos muchoi movimiento. En la puerta de embarque nos dan instrucciones para encontrar nuestro barco. Ahora a pie tenemos que desandar el camino, rodear la valla de la terminal a través de un camino de terracería donde los puestos de alimentos forman un camellón para los vehículos que entran y salen. El final lo recorremos sobre tablones hasta el muelle donde están cargando nuestro barco. Ya nos vamos acostumbrando a que cualquier cosa en Brasil requiere trámites, así que esperamos a que verifiquen la veracidad de la fotografía de dos boletos llenados a mano en algún otro lugar de Brasil y enviados por whatsapp (todo se resuelve en grupos en esta red).
De travesia
Levamos anclas a las dos de la tarde. Nuestra cubierta se ha llenado de hamacas. A las pocas horas, nos detenemos en el primer puerto y observamos curiosos todos los movimientos de entrada y salida de pasajeros y carga. Los vendedores con fruta, cocos y comida aprovechan el momento. Ya todo está arriba salvo un cuantioso cargamento de limones cuyas cajas se van lanzando de mano en mano hasta la cubierta más inferior del barco. De pronto los estibadores brincan: una cobra; uno la toma de la cola y la lanza a un grupo que se separa entre risas. Cuando el navío Itaberaba vuelve a surcar el río, regresamos a nuestros sitios donde descubrimos que alguno ha colgado su hamaca entre Kalin y César. Ese equilibrio que creíamos logrado cuando abordamos en Santarem se va a afectar en cada puerto que paremos. En otra parada, gracias a los números escritos en las vigas del barco, logro hacerle entender a un recién subido, que no hay espacio para que pueda colocar su hamaca entre el 380 y 381.
En la popa de nuestra cubierta, el puesto de venta de bebidas y golosinas se convierte en bar y aún así dormimos a pierna suelta. Llevamos ya más de venticuatro horas y, a parte de algunas casas y comunidades, no ha habido más que río y selva.
Cerca de la ribera, niños y mujeres esperan en canoas el paso del barco. Les lanzan bolsas. Alguno nos explica que se trata de ropa usada. La vieja de uno de los camarotes expresa una queja amarga: no los acostumbren a recibir, si ellos tiene de todo: pescados, frutas.
En Brasilia veríamos Pureza, una película sobre el trabajo esclavo en las haciendas de la zona.
Seguimos el delta a través de canales hasta el río Tocantins y al día siguiente poco después del amanecer, mucho antes de lo que esperábamos, arribamos a Belem. Cuarenta horas de recorrido, mil kilómetros, nunca dejamos de ver más que selva y río, y sólo cruzamos una pequeña parte de ese pulmón que cubre una superficie más de tres veces el tamaño de mi país.
Belem, Manaos, Iquitos: las tres grandes ciudades del río construidas por los barones del caucho. Belem posee el más antiguo teatro de la ópera (1874), Manaos el más grande (setecientos lugares) e Iquitos sólo el sueño de Fitzcarraldo.
La capital de Pará alberga una majestuosidad con una decadencia que parece de siglos, un mercado a buen peso y una casa con once ventanas. Nuestro último día lo amanecemos con cientos de miles de papagayos despegando de su isla.
Al final volvemos a Brasilia y varias cosas me queda claras de la ciudad capital: quien la diseñó tenía muchos años que ya sólo viajaba en auto con chofer, que no importa que tan inhóspito puede resultar un lugar, la gente, especialmente si tiene samba en las venas, pronto la volverá más humana, que en el sur el agua gira en otro sentido y la Luna toma otras poses.
Sobre un viaje del 7 al 23 de Mayo de 2022
© Deutschlango, Ciudad de México, Junio 2022.







