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la tres veces amurallada Colonita la bella piadosa


La tres veces amurallada Colonita la bella piadosa

Viajaba por primera vez a Europa cuando conocí “la tres veces amurallada Colonita la bella piadosa”. Tendría menos de 30 años y combinaba mi primer viaje de negocios como empresario independiente con un poco de turismo.  Iba de paso desde Paris hacia la feria comercial de Hannover, la más grande del mundo para productos industriales. Mi Eurailpass me permitió detenerme de paso. Todavía no sabía nada de sus tres muros y pronto me impresionaría el tamaño de su piedad.
¿Quién no había escuchado sobre su imponente catedral? Ahora sé que es la segunda más alta de Alemania, sólo superada por la de Ulm, la más alta del mundo. Apenas salí de la estación, como un gran muro, me enfrenté con el masivo edificio patinado por el hollín de la destrucción del 90% de la ciudad durante la guerra, conservaron sólo como punto de referencia para sus ataques aereos.
Apenas franqueé su portón sentí que ese lugar había sido construido para imponer miedo: imagino a su poderoso obispo cubierto de joyas y sedas recorriendo con su séquito el camino hasta altar. Nadie que viera ese espectáculo podría dudar que el mismo dios padre había ungido a su siervo. Algo así escribiría entonces en mi diario de viaje.
Como había estudiado alemán desde la preparatoria –sin un objetivo en particular– y por primera vez pisaba Alemania, esperaba sostener interminables conversaciones con los locales. Me daría cuenta que entonces sólo hablaba español traducido a palabras alemanas, gramaticalmente correcto, pero prácticamente inútil salvo para cuestiones muy básicas. Me faltaba desarrollar ese cambio del cerebro que nos hace pensar de manera tan opuesta a germanos y latinos, pues, por ejemplo, hace que los números se digan de manera invertida entre los dos idiomas, así como muchas otras cosas.
Pasarían muchos años antes de que volviera a la bella piadosa. Alfonso llevaba ya dos años trabajando en su doctorado en Treveris y pronto regresaría a la patria. Alejandro y yo habíamos organizado su despedida en México: una tremenda fiesta patria donde, gracias a su popularidad, nunca faltó ni la comida ni la bebida, y ahora nos tocaba acompañarlo en su regreso.

Primera parada: Berlín.
El muro había caido pocos años atrás y todo el horizonte estaba poblados de grúas curando una herida de casi tres décadas. París, Londres, Madrid, bellos e intersantes, se la pasan embelesados en su pasado glorioso, en cambio la capita alemana, ha sido desmoronada y reconstruida tantas veces que conjuga diferentes concepciones de modernidad: Museos e iglesias de su pasado prusiano. Mármoles hitlerianos en sus estaciones del metro. Su división opuso frente a frente dos visiones del mundo contemporáneo: los rusos aplicaron sus técnicas científicas para el desarrollo urbano y erigieron sus imponentes memoriales, lo gringos aplicaron su dinero para sostener a esa población en medio del enemigo. JFK diría ich bin ein Berliner, para asegurarles su seguridad a los habitantes del oeste cuyo desfogue sería ese gran muro que los rodeaba con el enemigo detrás y que serviría de lienzo a sus angustias angustúas.
Después de visitar Berlín donde conocería a Sergio, un mexicano vuelto alemán que, como a todos los emigrantes  poco a poco nos va a pasando, su casa se había convertido en museo mexicano, y él un poco en Frida Kahlo, nos trasladamos a Bonn, el "pueblo" que habían convertido en capital alemana durante la división, literalmente dormíamos en Bonn y despertábamos en Colonia, a apenas 30 minutos en tren. 
Mientras Berlín es moderna, no se puede entender a la ciudad del Rin si uno no se remonta al medioevo, sin embargo su origen se remonta mucho más atrás, a un campamento romano donde nacería la madre del emperador Nerón, de allí el nombre de la nueva ciudad: Colonia Agripina. Gracias al padre Rin, navegable en casi 900 km, a partir de entonces la ciudad comenzaría a ganar importancia y los romanos protegerían su riqueza erigiendo la primer muralla. Todavía se pueden recorrer los restos de este muro, a veces sólo una hilera de rocas en un edificio moderno, otras tramos competos. Hasta una estación de metro se llama "en la torre romana".
Comenzaba el cristianismo que se instaló con fuerza en la ciudad cuyo obispo sería uno de los más poderosos de Alemania y uno de los electores del emperador, en ese sistema único de elección que se practicaba entre los reinos germanos. A Colonia no llegó la reforma, por eso es la piadosa. Cual catálogo arquitectónico sus doce iglesias románicas (S. XII), se descubren entre la arquitectura de la reconstrucción. En cada una hay sorpresas: los restos de santa Urusla y sus once mil vírgenes, una manzana diaria como ofrenda, huesos de una ballena, un sotano con los baños del ejercito romano y reliquias, reliquias y más reliquias.
Quién sabe cómo llegarían los restos de los tres reyes magos hasta Jerusalem, pues, según la biblia, cada uno había retornado a su reino, pero sus supuestas osamentas viajarían desde el medio oriente hasta Milán, donde en el siglo XIII como trofeo tras la caída de la ciudad, la madre del emperador alemán Barbarroja los donaría al obispo de Colonia. Así comenzaría la construcción de esa custodía. Un trabajo apoteótico detenido durante sigos hasta que cuando los intelectuales del romanticismo aleman del siglo XVIII revalorarían el medioevo, se terminaría la catedral.
 Gracias al comercio y las peregrinaciones a su catedral (todavía el monumento más visitado de Alemania), Colonia floreció como una de las ciudades más importantes y pobladas de la Europa medieval. Los restos de su muralla (la segunda después de la romana) ha dado el trazo a una  avenida que rodea la ciudad de norte a sur y que nos da idea de los grande que era. Ahora, aunque es la cuarta de Alemania, gracias a la descentralización, apenas sobrepasa el millón de habitantes, un tamaño muy cómodo.
Colonia fue muy destruida durante la Segunda Guerra Mundial y rápidamente reconstruida: sus grandes bloques de departamentos lucen lo que yo llamo la fachada de la reconstrucción: monótanas ventanas blancas rectanguales a intervalos regulares sobre muros lisos generalmente entintados de algún color pastel. Muchos alemanes la catalogan como fea. Quizás no tenga boulevares espectaculares pero si uno se fija bien, entre esas fachadas homogeneas se pueden descubrir edificios ricamente decorados, restos de la belleza de la ciudad. Incluso hay barrios muy conservados, como el Barrio Belga (Belgischer Viertel) que hace recordar a la Bruselas del siglo XIX, aunque aquí los edificios se acomodan hombro con hombro en 5 pisos mientras en la capital belga sin menospreciar su belleza, son de 3. El Bario Belga es muy animado y está plagado de tiendas y restaurantes.
Si se quiere disfrutar la ciudad , hace falta una bicicleta para recorrer sus planos caminos e ir descubriendo sus secretos, sus reliquias, sus murallas y jardines. Más allá del muro medieval se encuentra un cinturón verde que rodea la ciudad. Todos en Colonia, a unos pasos tienen un lugar para tomar el sol y, a diferencia de muchas ciudades europeas, se pueden asar salchichas sin miedo a la policia lo que hace un reto circular en bicicleta en verano ya que las nubes de mosquitas hacen recordar eso de que en boca cerrada...
El idioma alemán es fuerte, sónoro. Varonil, dirían muchos. Otros tosco. Durante su visita, un vendedor se dirigió en una tienda a la mamá de César. Ella asustada buscó protección con nostros. ¿Por qué se enojó el señor?, preguntó. No señora, le aclaré, la está saludando y preguntando si puede ayudarle en algo.
Los latinos no estamos acostumbrados a que la gente se directa. En el hablar no somos prácticos pues todo requiere de cierta ceremonia, al menos de México. Las cosas se piden por favor y por las buenas. Decir que no, no es educado; es más correcto dar largas y siempre hay que responder aunque no se sepa la respuesta. Todo muy diferente a la costumbre alemana. Aunque se entiende su practicidad cuesta trabajo adaptarse. Sin embargo, en Colonia la gente es más amable. Afirman que son los “latinos” del país.

Allí todo funciona
Apenas supimos que nos mudaríamos para Alemania lo comentamos con nuestros amigos multinacionales de Bruselas. Alemania, donde todo funciona bien, comentaron. Poco a poco fuimos descubriendo que aquí todas las ventanas están doblemente aisladas, y cierran correctamente; a diferencia de la capital europea, el transporte funciona las 24 horas y en general siempre está a tiempo. Aunque hay que clasificar la basura en al menos cinco grupo, se recoge eficientemente de acuerdo a programa. Todo este funcionamiento tan preciso y correcto evita las sorpresas que en general incomodan al germano. Pero cuando las temperaturas bajan de cero y hay hielo por todas partes, se agradece que las cosas funcionen como debe de ser.  
No hay mucho lugar para la sorpresa. No se puede pasar sin invitación a casa de un amigo y cualquier cita requiere una planeación rigurosa. Por eso afirman que los alemanes, para ser espontáneos, lo tienen que prever en su agenda. Pues los habitantes de Colonia tiene muy claras esas fechas en su agenda. Comienzan el once de Noviembre a las 11.11 horas, momento en que tras una cuenta regresiva, comienza la temporada de carnaval que termina a las 12  la noche previo a la cuaresma. En ese momento se quema el Nubbel, un muñeco que decora todos los bares y quien toma responsabilidad de todo lo que haya sucedido durante las fiestas.
 Aunque desde entonces se reúnen periódicamente los carnavalistas más asiudos y poco a poco se ven cada vez más personas disfrazadas por la calle, los 6 días previos al miércoles de ceniza la ciudad se vuelve un cabaret: las venticuatro horas del día hay fiesta, bebida y disfraces. A fin de cuentas, no hace falta trasladarse a Las Vegas, acá lo que pasa durante el carnaval, se queda en el carnaval.
Quizás sean esos seis días lo que los coloneses necesitan para olvidarse del invierno y, después de repetir sin ton ni son las canciones del carnaval que les recuerdan que: “du bist Kölner, du bist supertolerant” (tú eres colonés, tú eres supertolerante), terminan convencidos que son un caso particular, pues, como enuncia una de las reglas básicas de la tierra del Rin: las cosas son como son (hay que aceptarlas pues no hay forma de cambiarlas).

La tercera muralla
Aunque existe una contradicción entre sus carreteras sin límite de velocidad y su preocupación por el ambiente, el alemán es verde y romántico: ansía sus bosques. Allí pasea, se ejercicita, reflexiona, y se relaja pero también se desnuda, coge y sube sus fotos al internet. Prácticamente a unos 15 minutos en bicicleta hacia cualquier dirección se llega al segundo cinturón verde que rodea la ciudad: un bosque con lagos, parques y jardines también plagado de sorpresas: al norte el Arboretum, un jardín botánico de árboles de todo el mundo y por todas partes restos de imponentes construcciones, son los restos de las fortificaciones prusianas que protegían la ciudad y que debieron ser desmanteladas después de la primera guerra mundial, la tercera muralla que protegía a la bella piadosa.