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Kannur, estado de Kerala

Kannur, estado de Kerala
1 al 8 de Octubre
Aunque angosto no representa ningún riesgo, mientras cruzo sobre el canal que rodea el mercado de pescado me aqueja cierta zozobra. Nadie desearía terminar con un pie dentro de esa cloaca. A la distancia los banderines ondeando en los aparejos de los botes a la distancia lucían más atractivos. Desde el fuerte San Angelo la bahía de Mappila parecía un Xochimilco indio. A pesar de la buena relación que hayan tenido con el navegante Vasco de Gama, el raja de Arakkal resultó demasiado inocente al permitir que los portugueses a principios del siglo XV construyeran una fortaleza en su reino, pues nada más estuvo lista, fueron sometidos al nuevo virrey luso. Pasaron doscientos años para que, como otros territorios en la ruta de las especias, estos productores de pimienta pasarán a manos holandesas y finalmente inglesas.
No imagino al Chícharo caminando cerca de esa canalización donde circula una sustancia oscura, viscosa e indescifrable. Hoy llovió temprano. El calor de más 30 grados se vuelve insoportable y da vida a esos humores de pescado con excrementos de vaca y de quien sabe cuántos más animales y humanos. Los perros husmean tristemente entre la basura sin que nadie los moleste. Las vacas, más impertinentes, pasan por en medio de las personas. Andan por toda la ciudad y si deciden interrumpir el tráfico, poco se puede hacer. Algunas tendrán dueño; otras, seguramente secas de sus ubres, son liberadas a su suerte. No todas son dioses. Algunos bovinos sí, como Nandi, el trasporte de Vishnu, pero los hinduistas respetan a todo ser vivo y sobre todo agradecen a las vacas la leche como fuente principal de proteína de los vegetarianos estrictos.
Ya pasó el tiempo de la venta, justo, apenas regresan los barcos de trabajar en el mar Arábigo, así que ahora algunos pescadores dormitan sobre voluminosos colchones que forman sus redes. Tras una semana paseo por primera vez por Canore. Aunque histórica, esta ciudad costera del norte de Kerala no es turística. Al parecer los únicos extranjeros de occidente somos los que estamos en la escuela de ayurveda. Si hay de otros lugares, me resulta difícil identificarlos. A mi llegada al aeropuerto desde Bengaluru[1], un vuelo de apenas hora y media pues ya me encontraba en el sur del país, un chofer estaba allí para transportarme a mi hospedaje de las próximas tres semanas. Mientras desde el avión observaba un manto verde, ahora que avanzamos todo está lleno de personas y vehículos que parece que conducen de oído. La bocina se suena para todo: cualquier obstáculo, otro vehículo, los peatones y de manera preventiva ante cualquier cruce de calle. Todos aprovechan hasta el menor espacio, si un auto no cabe, seguro un tuk-tuk pasa y sino, una motocicleta. Durante mi primer viaje a India, me sorprendió que el conductor desde el aeropuerto de Delhi, como si fuera señora de las Lomas descendiendo por Palmas en su camioneta, centraba la línea de división de carriles, pero más adelante, cuando el tráfico comenzó a ser un poco más cargado, descubrimos que así lograban acomodarse más vehículos a lo ancho de la vía.
Aunque algunos calificarían de agresiva la manera de conducir, nadie se molesta. Todos tocan, pero también todos sonríen. Hasta me ha tocado ver que se ponen a conversar en el tráfico de uno a otro vehículo.
Observo que como en México, de cada tres negocios, dos son de comida. El amigable chofer me explica, como es domingo no hay “tanto” tráfico y aún así nos toma más de una hora llegar a la gran casa de apariencia colonial frente a la playa de Palliyamoola. Resulta una mezcla entre hotel de mochileros y templo de Attukal Bhagavathy donde sólo se admiten mujeres. Poco a poco mientras exploro el lugar, voy conociendo a algunas de sus habitantes. La italiana Valentina, también recién llegada, se encierra en su habitación pues cada día sostiene conversaciones interminables con su novio el granjero. Platico un poco con Patricia. La irlandesa sabe lo que es la llegada así y me introduce a algunas cosas de la casa. Poco a poco se van disipando las preocupaciones. Me siento contento. –Su comunicación es muy mala –me confirma, pero ella se encuentra satisfecha con el curso de tres meses que está por finalizar. Al final obtendrá su diploma como terapistas de ayurveda. Charlotte me aborda en el transporte a la escuela. La francesa habla bien español y está interesada como yo en la herbolaria. Todas tienen historias interesantes. El esposo de María, un mexicano hijo de políticos mexicanos, también se llama Juan. La estoniana habita en Borneo.
Mientras pienso lo que escribo me voy engullendo un sándwich vegetariano que por las toneladas de mayonesa debería evitar en mi restringida dieta vegetariana para que no agrave mi constitución Pita, ni el exceso de Vata que padezco. Las jornadas maratónicas de la rutina no me han dejado tiempo para comprar nada en el pueblo. Estamos lejos de todo por lo que la única opción es pedir comida. Hubiera hecho caso a la recomendación de Helen que el primer mes se inscribió a los cursos adicionales y terminó agotada.
Alrededor no hay más que grandes casas de playa. Los domingos abren un par de chiringuitos que reciben mujeres en burka y hombres de camisas y pantalón largo que caminan por la playa. Además de los cantos de la mezquita, por las mañanas, si no hay concierto de algún coro canino, nos despiertan los cantos de pájaros variados, hasta el grito del pavorreal resuena de vez en cuando.
El primer día se fue en presentaciones. He solicitado de inmediato la consulta médica ayurvédica. No puedo tomar el curso sin experimentar en mi mismo sus resultados. Al día siguiente regreso a casa con una tres listas. Una con las recomendaciones y restricciones. Otra con las restricciones alimentarias. La tercera el listado de medicinas: aceite para el cuerpo, mantequilla para la cara, pastillas para antes de comer, pastillas para después de comer, pastillas antes de dormir, gotas para los ojos y aceite hasta para el culo. Según la medicina ayurvédica el reflujo, las inflamaciones, los dolores de rodilla, el pie inflamado y hasta el mal temperamento tienen que ver con el calor de mi cuerpo que se ha agravado. Comienzo a las cinco de la mañana: aceitadas y pastillas, meditación, baño, más remedios y luego desayuno. Otro comprimido. A las 7:15 ya se encuentra el transporte fuera. Al tercer día tengo que pedir permiso a la doctora-profesora. Voy a la sala de prácticas y me acuesto sobre una de las camas de masaje. Comienzo a cuestionarme si este ritmo será parte de mi constitución agravada.
[1] Antes Banaglore. Muchas ciudades han cambiado de nombre dejando atrás la ortografía británica para recuperar un nombre más cercano al original como Kalkota por Calcuta y Mumbai por Bombay.




