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Historias del METROBUS

Fotografía de Historias del METROBUS

 Historias del METROBUS

Fotografía del archivo de Deutschlango
 

Derechos para discapacitados

Los metrobuses que se dirigen al aeropuerto recorren parte de la misma ruta de la llamada línea 4: empiezan en Buenavista, pasan por las estaciones del centro hasta san Lázaro donde a diferencia de los otros, continúan la terminal aérea,
pero como su precio es varias veces superior a los autobuses regulares, sólo los toman quienes van a la terminal aérea o quienes se benefician de acceso gratuito al transporte público.

En una de las paradas del centro histórico, frente al mercado Abelardo L. Rodríguez famoso por sus murales, sube una rotunda mujer que, como si jalara una maleta, arrastra del brazo a una niña de unos siete u ocho años que reacciona poco para su edad. La pasajera ostenta sobre el pecho un tarjetón enmicado con el ideograma azul y blanco para los lugares de discapacitados. Como no registra el pago de su pasaje. el elemento de la policía que acompaña el autobús, una joven con cuerpo casi infantil, despierta de su modorra y se dirige a la mujer quien a penas la ve acercándose sin esperar a que le digan nada, levanta la tarjeta que lleva en el pecho y la sacude ante el rostro de la chica y señala con fuerza: “qué no ve que soy discapacitada”. 

No dando espacio para que le soliciten la credencial oficial que le acredita esos beneficios, avanza como aplanadora hasta desparramarse en los primeros asientos del autobús que forman una escuadra y sin importarle ocupar toda la sección, levanta las piernas y se acomoda de tal forma que parece la embajadora de Turquía en un diván de algún palacio otomano. La niña, como si fuera sólo una servidora de la turca se acomoda en el espacio al lado de sus piernas. 

 

 

La sección rosa

 

Ya habían acabado las horas cuando, hartos y cansados, los pasajeros se aprietan en los transportes para volver a casa, y sólo las leyes de la física, pero no los empujones, impiden que dos personas ocupen el mismo espacio al mismo tiempo. 

Oscurecía y algunas almas cansadas penaban en silencio en el autobús. Cuando aminoraban los rugidos del motor, se escuchaban desde las filas traseras los relameos de una parejita de novios. La mujer al otro lado de la fila, aunque a momentos lanzaba expresiones de reproche, no dejaba de mirarlos.  Un hombre parecía proteger en su regazo una bolsa que prometía en letras grandes “Esperanza” y así todas las filas estaban ocupadas por alguna de tantas historias. 

Un joven trabajador, por su edad aprendiz y seguramente plomero por la caja de herramientas y el tubo que sostenía vertical a su lado que bien podría haber confundido a algún pasajero distraído. Resultaba extraño el equilibrio que había logrado ya que apoyaba la mano derecha protegiendo la caja de herramientas y la izquierda a cierta altura sosteniendo el tubo y aprovechaba para descansar sobre el brazo en alto.  Justo detrás de su cabeza, un letrero rosa señalaba que a partir de allí comenzaba la sección exclusiva de mujeres.

En la Glorieta de Insurgentes, donde a otras horas una multitud se habría empujado tanto como el histérico timbre de la puerta se los hubiera permitido, sólo tres chicas jóvenes abordaron por la puerta delantera de la sección rosa, con bastante parsimonia y sin que el timbre perturbara su conversación. El cierre de las puertas pareció lanzar un empalagosa nube con los aromas de las chicas. Los tumbos con que el autobús trastabilló hasta retomar la avenida interrumpieron su apariencia de modelos que retomaron apenas el vehículo siguió en línea recta. Ya firmes, una señaló con la mirada hacia el trabajador y otra tomó el liderazgo. Se contonearon hasta el lugar del muchacho quien nada más las sintió junto a él, levantó la vista justo a la altura de los senos de las muchachas, por lo que incómodo prefirió bajar la mirada. Eso no impidió para que la chica estirara el dedo a la altura de la cara del muchacho quien reconoció que la línea verde en la uña era un marco para el color rojo con puntos negros que simulaba una sandía.  Luego la chica señaló hacia el letrero por arriba del muchacho y con movimientos desencajados de su quijada como si trajera una papa entre los dientes le indicó con voz firme: oyesss, estos son los lugares de las mujeres, así que por favor te vas a tener que quitar, eh. En corifeo, con el mismo sonsonete, las otras dos repiten el último eh. No resultó fácil para el joven con su carga esquivar a las muchachas que, como si tuvieran miedo a perder el asiento, no se separaron mucho del lugar. 

El aprendiz encuentra espacio en la parte articulada para poder acomodarse contra los tubos y así poder dormitar hasta el final del trayecto. Las chicas, se dicen algo, todas ríen y no paran su conversación hasta que tres paradas adelante descienden en la estación Sonora y penetran al bar que se encuentra a unos pasos de la esquina. 

 

Estación San Lázaro

San Lázaro es una estación complicada, igual que Buenavista, está formada por andenes diseminados en esos nudos que tiene la ciudad donde confluyen calles y avenidas de una manera desordenada. En esa estación de ideograma de trenecito atraviesan la línea 4, complicada por si sola: no sólo incluye una ruta Norte y otra Sur que recorren diferentes trayectos, sino también el autobús al aeropuerto que hasta hace poco seguía hasta san Lázaro el mismo tramo de una de ellas y ahora sigue el de la otra. También pasa por allí la línea 5 que va de Norte a Sur, ruta que entre sus estaciones tiene una que recuerda una de tantas tragedias que ha padecido la población de la ciudad. “Memorial New´s Divine”, se llama la parada.  

La ruta al aeropuerto se independiza en San Lázaro de la línea 4 que termina allí y continua, desde otro anden, de manera directa hasta las terminales uno y dos del aeropuerto Benito Juárez. 

 

Cerca de la iglesia Maronita, un hombre apoya un brillante bastón y con movimientos muy lentos pero ciertos va colocando los pies sobre la plataforma del autobús. Llevaba un traje bastante pulcro. 

Se acomoda en el primer asiento, se quita el sombrero y lo coloca sobre sus piernas como apoyo para sus manos mientras se dedica a observar por la ventana, cuando ve el Palacio de Lecumberri, se levanta y se acerca a la puerta de salida, pero el autobús pasa de largo la primera parada de San Lázaro y continua hasta la que corresponde a la ruta al aeropuerto. El adulto mayor se acerca muy educadamente a la policía que acompaña todos los autobuses y le explica su situación. No alcanzo a escuchar, pero observo que la policía se acerca al conductor y seguramente repite lo que le indicó el pasajero. El chofer arranca, se separa del andén y en lugar de continuar sobre su carril, comienza a meterse entre los coches. Algunos conductores tocan el claxon, otros se detienen estupefactos ante la maniobra y otros sin importarles el nudo que se está formando compiten con el autobús por el paso hasta que el transporte público cierra media avenida y logra dar una vuelta en ciento ochenta grados para retornar en sentido contrario. Ya que avanzamos apenas unos metros, repite la misma maniobra en el otro sentido y nos detenemos en la primera parada de San Lázaro. El señor se despide muy educadamente del chofer y la policía, coloca su bastón sobre el andén y con pasos como en cámara lenta va colocando una pierna, luego la otra hasta que se aleja un poco y el chofer puede cerrar la puerta y continua su ruta rumbo a la terminal aérea,

 

  © Deutschlango, Junio, 2022