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Encontrándome con los Hoysalas de ayer

30 sept 23
Encontrándome con los Hoysalas de ayer
Cinco horas de trayecto. Apenas una escala para unas dosas. Me encantan esas crepas de harina de arroz fermentada que conocimos durante nuestro primer viaje al sur de la India. Apenas es medido día. El autobús se detiene y el chofer brinca sobre la separación entre su asiento y la salida de pasajeros, curiosamente cada lado tiene su puerta de bajada y otra interna que nos aísla del conductor. Anuncia algo en kannada. Entre todos esos sonidos de la lengua local, para mí inteligibles, me parece comprender eleven thirty y parking; en todas las lenguas de India siempre brincan palabras de quienes impusieron su dominio por 200 años. La gente comienza a descender. Mientras esperaba la salida del tour en la oficina de turismo me percate que sería el único extranjero. No sólo la información sobre los viajes se encuentra oculta en el laberinto que resulta el portal de turismo del estado de Karnataka, sino además sólo aceptan medios indios de pago, algunos tan versátiles como en Brasil, que no sólo un coco se puede pagar en la calle simplemente capturando el código QR a la vista, sino hasta los mendigos aceptan donativos de esa forma. Afortunadamente el recepcionista de Casa Cottage, un pequeño B&B con un jardín que sirve de oasis al tráfico de Bengaluru (el segundo peor del mundo según una de esas listas que ahora se hacen para todo), me apoyó con el pago de apenas 10 USD. Un tour comercial habría costado al menos cinco veces más.
Mientras desciende el grupo: mujeres de sari y hombres de pantalón largo pese al calor, una mujer se apiada de mí y en un inglés sin ese acento que todavía no comprendo por completo, me señala que tenemos una hora para visitar el templo y que el autobús esperará en el estacionamiento que se encuentra más adelante. Al levantarme, complementa que mejor deje los zapatos allí pues, como en todos los templos, no son permitidos pero me sugiere que lleve calcetines así que por si acaso los guardo en el bosillo. A la entrada del recinto, entre guías y postales, los vendedores ofrecen también calcetines. La fila de personas comienza a encaramarse por esos escalones tallados en la gran roca cuyo final se pierde en las alturas. Adquiero a un insistente vendedor una pequeña guía que describe los tres principales templos que visitaremos. La hojeo pero aún no me entero en cual de ellos nos encontramos y comienzo a subir. Rebaso a algunas de las personas mayores de nuestro grupo y más adelante me detengo. A nuestros pies, alrededor de otro templo con un gran estanque, el pueblo, más allá lo que parece otro templo y en el cerro de enfrente uno más. Todos parte del imperio de los Hoysalas, la civilización que domino el estado de Karnataka entre los siglos IX y XIII hasta que fueron sometidos por el sultanato de Delhi, a su vez sometido por los británicos.
Ya en lo alto, voy cruzando recintos de piedra donde admiró las tallas que no son tan profusas como en otros templos y tampoco reconozco a ninguno de los dioses hindús que ya comienzo a distinguir. Los letreros señalan el camino a lo que supongo será la principal atracción, cruzo un portal de piedra y entre cantos en sánscrito me quedo pasmado ante la belleza de la gigantesca estatua de 20 metros de lord Gomteshwara. Ahora ya sé dónde me encuentro, se trata de un templo jainista, la religión más antigua aún en práctica en el mundo y concentrada en la India y donde se encuentra su diáspora. Mientras los ateos no creen en la existencia de dios y los teístas creen en uno o múltiples dioses, para los jainistas los estudiosos han acuñado un término diferente. A los trans-teistas, les resulta intrascendente la existencia o no de Dios, por la cual occidente se ha partido la cabeza en demostrarla y cuya forma de hacerlo fue pretexto para el cisma entre cristianos de oriente y occidente. El jainismo, en cambio, se concentra en el equilibrio del mundo a través de una vida correcta en este plano para terminar con el ciclo de la rencarnación y por eso en lugar de dioses, enaltecen a sus sabios como el que representa monolito de granito que luce desnudo como muestra de desapego y de pie en posición de meditación. La estatua esculpida en el siglo IX fue consagrada en un baño de leche dentro del gran estanque que se encuentra a los pies de la colina y cada doce años, durante cierta conjunción astral durante un festival recibe baños de leche y ghee. Ahora sé que me puedo autodesignar coo agnóstico transteista.
Aunque la mayoría como yo sólo vienen a hacer turismo, sus devotos, a diferencia de los templos hinduistas donde la devoción se presenta más en personas adultas –no necesariamente viejos–, mujeres solas y los jóvenes y niños vienen más bien acompañando a la familia, aquí la mayor parte son jóvenes que cantan y rezan, algunos incluso se despojan de sus ropas para envolverse en esas telas naranjas tan llamativas. Un sacerdote me ofrece una bendición, y como siempre he dicho: bendiciones, hasta las del papa, me acercó y le digo mi nombre, me coloca el punto rojo del tercer ojo y me unge con algún líquido al momento que repite lo que parece una oración personalizada y, como en cualquier iglesia, al final me acerca la charola. Dejo 100 rupias, poco más que un dólar pero mucho más que la ofrenda de otros.
Aunque estamos a menos de 30 km del siguiente templo, nos demoramos más de una hora. Ha comenzado a llover profusamente y cuando el autobús se detiene, no sé si algunos van al baño o a buscar paraguas. Nadie anuncia nada y tras un rato me doy cuenta que estoy solo con el chofer en el autobús, así que desciendo rápidamente a visitar el templo de Belur. Como los hoysalas terminaron por convertirse al hinduismo el lugar está consagrado a Vishnú, el conservador. Mientras en europa trataban de elevar sus catedrales románicas hacia dios, aquí sus templos se convertían en registro detallado de su cosmogonía. Mujeres en diferentes actividades talladas en la piedra recorren el exterior del santorum (la zona más sagrada del templo) y como las curiosidades que se encuentran en cada templo, una parte del recinto está dedicada a ofrendas de cocos tan decoradas que más bien parecen el objeto mismo del culto. Aunque impresionante, Belur no resulta tan espectacular como Halebid dedicado a Shiva, el transformador, donde no hay rincón que no esté profusamente tallado al más mínimo detalles, primero una línea de elefantes, luego otra de escenas de las épicas indias, animales míticos arriba y en lo más alto, otra vez mujeres en toda clase de posiciones, pues en eso de los dioses, los hindús no tiene discriminación de géneros. Aquí observo que deben de obtenerse bendiciones de tallarle el culo a Nandi, pues las posaderas del buey se encuentran ya desgastadas.
Otra vez cinco horas de regreso a Bengaluru que alcanzamos a las once de la noche, así que si hago cuentas, de las 16 horas, pasamos 11 en la ruta, 2 en las comidas y sólo 3 horas en la visita de los templos y aunque me habría gustado más tiempo para contemplar y alcanzar a digerir un poco de tanto simbolismo, aun así, valió la pena.









