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En el maltrecho aeropuerto de la Ciudad de México
En el maltrecho aeropuerto de la Ciudad de México
Una crónica pacheca
La chica de la empresa de seguridad privada había detectado en la pantalla de rayos x algo extraño dentro de la bolsa de mano donde llevaba mis llaves y documentos personales. Antes que nada, la frotó con un papel que puso en un aparato para detectar explosivos y la volvió a colocar sobre la banda. Me sorprendió que estuviera tan despierta a esas horas de la mañana, pues en otra ocasión sin darme cuenta había viajado con un gas lacrimógeno que nadie había detectado. Ya que estuvo segura que no iba volar al abrirla, comenzó a revisar cada uno de los espacios de esa especie de alforja que había adquirido en Las Filipinas fabricada a mano con restos de la goma de kajaks. Al final descubriría que una inofensiva llave para las tuercas de seguridad de la bicicleta era lo que consideraba un riesgo de seguridad. Eso no evitó que sacara el pequeño estuche que había preparado la noche anterior y que, a diferencia de otras veces, no había hecho el menor intento por ocultar. Recorrió el cierre y, como si no creyera tal cinismo, me mostró su contenido como si quisiera cerciorarse de que yo realmente conocía lo que llevaba allí. Cigarros respondí a su pregunta sobre el contenido. ¿Mariguana? reviró dudosa. Por la sorpresa en su rostro me di cuenta que nunca habría esperado una respuesta afirmativa tan directa.
En un momento, al final de la banda, me rodearon tres recios marinos de amplias espaldas y dos personas de la empresa de seguridad del aeropuerto mientras les explicaba que tenía autorización de Cofepris y les transmití el documento digital que llevaba conmigo. Aunque me parecía ilegal, tomaron foto de mi cédula profesional y de mi pase de abordar. No era momento para comenzar otras batallas.
No tendría ni quince años la primera vez que fumé el sicotrópico. Aunque ni alto ni fornido, el Moka tenía fama de rudo en toda la secundaria. Temían su habilidad para los madrazos y siempre traía como compañero al Garrote quien pegaba como tal. No era tonto, pero sí provocador, y su amigo pendenciero. Aunque yo tenía fama de “matado”, como a él me gustaba también provocar a los hermanos lasallistas pues nunca estaba de acuerdo con la forma despótica y conservadora con que comandaban la escuela de varones.
Habíamos logrado una buena simbiosis. Hasta el Garrote me respetaba por la amistad con el líder y yo les ayudaba durante los exámenes.
Nos habíamos ido de pinta. Ellos lo hacían con regularidad y yo sólo cuando estimaba que no tendría consecuencias en mis notas. Descendimos la avenida Lomas Verdes hasta el salón de fiestas infantiles a la altura de Boulevares. Al portero le gustaba chuparles la verga y por eso les permitía usar el lugar como centro de operaciones. No abusaba de ellos, al contrario, ellos lo maltrataban y se aprovechaban de él. Según mis compañeros –más parecía imaginación de adolescentes–, el velador conservaba restos del semen de cada uno en frascos con sus nombres.
Ni siquiera había aprendido a fumar tabaco así que cuando me pasaron el porro, como pude y con un poco de miramientos, le extraje un par de chupadas. Aunque disfruté el efecto “payaso” de la yerba, no resultó tan fuerte, ni duró mucho.
Seguían pasando los minutos, se acercaba la hora del abordaje y los marinos no hacían otra cosa que mantener la mirada en la pantalla de sus celulares, según el que tomaba el liderazgo, esperaban la respuesta de su jurídico pero a esas horas de la mañana, yo dudaba que alguien les respondería. El marino principal que había leído el documento me señaló que no encontraba donde se señalaba la autorización. En lugar de la autorización de la COFEPRIS (la Comisión Contra Riesgos Sanitarios) por error había descargado uno de los oficios previos en que el organismo daba respuesta al juez del juzgado donde había presentado una demanda por incumplimiento de la declaratoria general de inconstitucionalidad en contra del organismo que se negaba a otorgarme el permiso. Sin embargo, el texto resultaba tan cifrado para un lego, que yo le señalé que era un documento legal y por eso tan complejo. Ahora ya no estaba tan seguro que me libraría a tiempo de ellos, especialmente si alguien de su jurídico estuviera trabajando a esas horas, pues no traía el documento correcto conmigo.
Aunque desde 2017 la corte había declarado necesario legislar en la materia, y a pesar de los plazos incumplidos, no fue hasta 2021 que el gobierno federal emitió el reglamento para uso medicinal, y a pesar de que la lucha seguía, el gobierno en turno, presidido por un activo adventista que citaba la biblia, había repartido su catecismo moral, y quería imponer su moral cristiana a toda la población, bloqueaba cualquier intento de legislar el uso recreativo.
Antes de que llegara este régimen al poder, un grupo de activistas había emprendido una estrategia judicial, y en 2015 habían obtenido cinco amparos hasta en lograr jurisprudencia contra de la prohibición demostrando que resultaba exagerada pues afectaba el derecho humano al libre desarrollo de la personalidad, y a pesar de que había habido foros en el congreso y no faltaban iniciativas de ley, desde las que fomentaban el autocultivo y el consumo consciente hasta las que establecían las bases del negocio multimillonario de unos cuantos, no se había legislado por lo que el único camino seguía siendo el judicial. A causa de tantos amparos la Suprema Corte de Justicia había instruido al legislativo para que reglamentara al respecto, pero el partido mayoritario por instrucciones de la presidencia, pretextando la pandemia, había solicitado tantas prorrogas que en 2021 la corte decidió declarar los artículos de la prohibición inconstitucionales. Sin embargo, pese la declaración de inconstitucionalidad, todavía hay que solicitar el permiso a Cofepris que, dirigida por militares, a pesar de estar en sus funciones otorgarlo, sólo a través de la corte se les logra obligar a hacerlo. Aunque me había tomado tres intentos y más de un año, gracias a mis primeras demandas judiciales como abogado (una para obligarlos a responderme y otra porque su respuesta había sido negativa), había logrado que la capitana de la Marina que ocupaba la dirección de regulación de estupefacientes, sicotrópicos y sustancias químicas enviara mi autorización al juzgado, documento que había olvidado subir a mi teléfono.
A los que me rodeaban se había incorporado un representante de la terminal aérea que se mostraba solidario y me proporcionó un formato para presentar una queja, pues con permiso o no, la posesión de menos de cinco gramos de mariguana en México desde 2009 no es punible.
Resultaba contradictorio que un país donde se cultivan grandes cantidades de cannabis de manera ilegal, pronto se vería rebasado por una industria que, gracias a la legalización en varios estados, se había vuelto un negocio multimillonario en Estados Unidos. En un futuro, cuando llegue la tan esperada legislación, habremos perdido cualquier ventaja comparativa y seguro tendremos que importar del país del norte.
No sería hasta mis años universitarios cuando volvería a consumir la planta. Esa vez si me pegó fuerte. Estaba en un balcón con G y después de “darle las tres” me sentí tan afectado que preferí encerrarme en la habitación pues estaba tan confuso que no sabía si lo que expresaba correspondía a mis pensamientos. Me recosté y coloqué el walkman (todavía a cassette) y recuerdo haber escuchado la canción de Que pesado, de Mecano. Pude apreciar a tal detalles de sus notas y acordes, que quedé maravillado del efecto de la planta.
No sería hasta que me independicé de la casa paterna cuando la comencé a fumar con regularidad. Compartía un departamento con JM; en el piso superior por un lado habitaban M y V y en otro F y E así que controlábamos casi toda la fachada del edifico de tres pisos donde la mayoría de los otros departamentos estaban inhabitables. El inmueble no había sufrido ninguna mejora durante todo el tiempo que estuvo sometido a renta congelada y hasta que quedó totalmente desalojado, su dueño, un joven recién casado quien lo había recibido como herencia de su abuela, comenzó a arreglarlo poco a poco. Su esposa, entre embarazo y embarazo, supervisaba las obras y también se encargaba de recolectar las rentas que lo hacía como si siempre se tuviera que justificar con la necesidad de cubrir algún gasto de los hijos que fueron naciendo durante el tiempo que habitamos en la calle de Hermosillo. Entre los habitantes del edificio y amigos, cada fin de semana alguno de los tres espacios alojaba una fiesta, a veces en todos al mismo tiempo: uno para bailar con V como DJ, otro para cenar y el nuestro para fumar. No teníamos prácticamente muebles, pero eso sí, muchas plantas y muchos lugares donde tirarse. Allí aprendí que la cocacola era buena al primer indicio de la pálida, probé la lima-limón, la Acapulco Golden, la caca de chango, y muchas otras sin nombre. Aprendí a dominar la paranoia y por primera vez en mi vida, debido al munchies tuve exceso de peso. Ya luego lo controlaría y también haría mucho ejercicio. La fumamos, la inhalamos, la comimos y hasta la bebimos. Nunca tuvimos problemas para conseguirla y tampoco nunca nos pusimos en riesgo para hacerlo. A pesar de tanta cantidad que he consumido desde entonces nunca ha afectado mi vida ni el desempeño en mi trabajo, y tampoco creo que me haya dejado secuelas. Como decía Churchill respecto al tabaco, es muy fácil dejarla, yo lo he hecho infinidad de veces. El tabaco, aunque lo disfruto, nunca se ha convertido en un vicio ni en una necesidad, y aunque he tenido borracheras, unas memorables y otras dignas de vergüenza, el alcohol es un placer que se cobra caro por los estragos que causa en el organismo. En cambio la mariguana me pone de buenas, despierta la risa espontanea, me calienta y es divertida para el coito. Incentiva la espiritualidad y la creatividad –aunque luego descubra errores garrafales en mis escritos. Sé que me entorpece y me alenta, pero también me da energía para pasear por horas. Nunca me ha parecido la sustancia violenta y peligrosa a que se referían nuestros padres cuando señalaban con preocupación que en algún parque se reunían los mariguanos.
Aunque todavía no se haya legislado y es muy probable que suba de precio al hacerla legal como ha sucedido en otros países, es tan fácil de cultivar que, con el pretexto de preparar alcohol con mariguana para las dolencias de mi madre ya lo hacía antes de la autorización. Tanto se ha discutido que ha obligado a las personas a tomar partido, y aunque haya algunas desinformadas como una mujer que amenazaba a uno de los ministros de la suprema corte que si daba su voto a favor de otorgar uno de los primeros amparos, iría a la escuela de los hijos del ministro a enseñarles a forjar un toque (habilidad que yo al menos no he podido dominar, y en cualquier regulación por más favorable al consumo que sea, lo que pretendía hacer la mujer sería un delito grave), una buena parte se ha manifestado más bien tolerante en ese sentido. Yo, por mi parte, cansado de ocultar mis plantas y en una posición más progresista, decidí que lo mejor sería salir del closet. Pese a que llevo más de treinta años ininterrumpidos de consumo, hace poco terminé mi segunda licenciatura y además obtuve mi título de maestro. No tengo otros vicios y no acceso a ninguna actividad criminal pues yo cultivo lo que consumo.
Seguían transcurriendo los minutos y era claro que a esas horas de la mañana no habría respuesta de ningún abogado de la marina, así que comencé a insistir sobre el horario de mi vuelo. El marino señaló que me podía retirar pero que tendría que decomisar los cigarros a lo que me negué terminantemente. Debería haberlos metido a su equipaje documentado, señaló a manera de justificación. NO, le respondí. Está muy claro en las instrucciones de las aerolíneas lo que se puede llevar o no en cabina. No le quedó de otra más que dejarme ir. Y antes de retirarme le señalé que ojalá esta experiencia dejara precedente para otras ocasiones.
Mientras corría a las ultimas salas del maltrecho aeropuerto de la ciudad de México, no podía dejar de sonreír. Aun así me sentía un poco nervioso ante la posibilidad de que con esa misma cerrazón que mostraba todo el gobierno con sus anuncios en que equiparaba la mariguana con las peores sustancias pues para ellos todas eran drogas como las que Hitler usaba para controlar a sus ejércitos para llevarlos, según ellos, a la peor guerra de la humanidad (anuncios más enfocados a mantener el apoyo de votantes generalmente de la tercera edad que a informar sobre el consumo responsable), decidieran detenerme antes de subir al avión pues habían tomado foto –de manera ilegal a mi entender– de mis documentos. Nada más nos enfilamos a la pista y recuperé el aliento, pude realizar ese gesto que nos han impuesto en las series gringas donde se eleva el brazo doblado con la mano en puño, y como si se estuviera jalando firmemente la sirena de una locomotora, al bajarlo, expresé, aunque en voz baja, un firme YESSS.
CDMX, Guaymas, Hermosillo Julio 2023
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