Viajes · En español

En camino,

En camino,

27 septiembre 2023

Los retrasos ya se han vuelto comunes. Esta vez el tren ha salido solo diez minutos después de la hora programada. Todos se quejan de cómo ha empeorado en los últimos años el servicio de la Deustche Bahn, pero si uno como extranjero dice algo –aunque con mi pasaporte alemán no lo debería ser más–, siempre habrá alguno que salga a defender el servicio de trenes alemanes: "cómo si fueran muy puntuales en México" nos interrumpió alguna vez una alemana que hablaba español. Me acomodo en el asiento con la espalda lo más pegada al respaldo y la cabeza bien erguida ya que sólo así logro atisbar el trocito de ventana a un lado de mi asiento. Me gusta mirar el camino, es el atractivo de moverse, ver sin esfuerzo la vida pasando alrededor. Hacia el frente no veo mucho, pues me tapa el respaldo delantero. La separación entre las dos grandes ventanas, donde por mala suerte me tocó sentarme, está cubierta por dos plásticos grises que se unen a la mitad cual cicatriz pero como toda máquina alemana se nota por todos los tornillos que podría desensamblarse en cada una de sus partes. El trayecto es agradable pero me gusta más el que toma otro tren que, aunque demora el doble de tiempo, resulta aún más rápido que tomar la autobahn alemana sin límite de velocidad. En su camino rodea lagos y cañadas, en cambio éste es una línea recta donde puede alcanzar casi trescientos kilómetros por hora. El camino a la estación me ha confirmado que fue una mejor idea –aunque menos romántica– arrastrar una maleta con ruedas que como joven pípila aventurero cargar una mochila a la espalda. Ya no me encuentro en condición de esos trotes de mochilero.

Una voz resuena a la entrada del vagón. Una alemanota nos señala que no nos inquietemos, es una revisión de rutina. Los hombres detrás también son grandes, más en volumen que en altura. Aunque en ropa de civil todos se han puesto brazaletes con letras bien grandes que señalan ZOLL. Su pero con calma va husmeando las maletas y personas. Cuando llega a mi lado se detiene. Me sonrió pensando que ha olido la mariguana que acabo de fumar pero algo le ha resultado olfativamente fascinante y no para de pegar la nariz al cierre de mi mochila. Al momento que se trepa sobre el descansabrazos, su amo le pide que se tranquilice. Como pesadilla de pacheco, me queda claro que sufriré algún tipo de inspección. Uno de los funcionarios me pregunta si transporto algo ilegal y solicita mi identificación, luego me cuestiona de dónde vengo. Cometo el error de siempre y les respondo que originalmente de México (que eso a nadie le interesa pero podría despetar sospecha en los aduaneros). Rápidamente me corrijo y digo que abordé en Colonia. Les señalo que soy consumidor para explicar la reacción del can. Mientras uno comienza a revisar el interior de mi equipaje de mano el otro me pregunta que donde transporto lo que consumo. Me doy cuenta lo capciosa de la pregunta y respondo que sólo lo hago en casa. Aunque aún ilegal, el consumo personal se tolera, y la coalición gobernante ha prometido que al comienzo del año próximo ya será legal el consumo recreativo. Estoy seguro de que no van a encontrar nada pero me da pereza que abran la maleta que con tanto trabajo cerré en casa. Por un momento me divierto pensando que tendrá que husmear entre mis calzones pero realmente ninguno de los hombres me parece atractivo.

Las pistolas que llevan a la cintura me confirman que el trabajo de aduanero en campo debe tener sus emociones y me imagino que como el auditor –vaya que lo sé que vivo con uno– la satisfacción propia y de sus jefes estará en lo que descubra y no en que todo transcurra en orden como todos quisieran. Me regresan mi identificación y continúan su revisión. 

Cuando desciendo del tren los veo sobre el andén casi en formación. Ahora los puedo observar mejor: la mujer no me resulta tan alta como pensaba, pero es grande en todas sus formas. Sus tres compañeros tienen cabezas pequeñas y redondas, rubios pero no tanto ni tan grandes como los alemanes del norte. Sus ojos redondos y lejanos de su nariz me hacen imaginar sus raíces en Europa oriental. Hasta ganas me dan de despedirme de ellos. Me trepo en el escalón que sin esfuerzo me va subiendo a la terminal  mientras ellos a un lado suben las escaleras con su perro. Por un segundo me aborda una inquietud que desaparece igual de rápido.

Enfunda la mandolina, Peloncho, ya no estás para serenatas, afirman los tangueros de la película argentina con la que trato de matar parte de las ocho horas a mi destino indio. 

Salvo el retraso de mi vuelo, no hay nada más digno de comentarse. Después de comer el contenido de una cajita de aluminio y beber vino en un vaso de plástico (al menos la seguridad aérea ya no piensa que es posible secuestrar un avión así y puedo usar cubiertos metálicos), pregunto por un licor y el sobrecargo me ofrece un caipiriña mix, finalmente tomo un whiskey. Había pensado contener mi consumo de todo eso que afecta  la salud pero como a parte del curso de ayurveda, voy a tener un tratamiento, prefiero llegar con mi cuerpo en condiciones tan contaminadas como siempre  vivo. Ya será función del médico ayurvédico confirmarme todo eso que debería dejar de consumir