Política y opinión · En español

Corpus para feministas iletradas



Sí, es una provocación. Una provocación intelectual. No es agresión, es una confrontación de ideas.


CORPUS


Como todas las mañanas, habitualmente recorría la Avenida Reforma sin ninguna interrupción: desde la estación donde tomé la Ecobici, a las faldas de la Lotería Nacional, hasta la Columna de la Independencia. Esta vez, a la distancia, observé una multitud obstruyendo la circulación a la altura de la estatua de la Diana. No me resultaba tan extraña situación, aún cuando las manifestaciones sucedían más allá, de cara a la victoria alada que conmemoraba una centuria de la libertad de la nación. Mire la hora en mi muñeca. Me parecía muy de mañana para que estuviera reunida tal cantidad de personas que a la distancia lucían como hormigas: todas negras. Las pancartas se elevaban por arriba de sus cabezas. Por otra parte, con la misma indumentaria negra, otras, parecía que formaban pandillas. Ya cerca reconocía que ahora, esa otrora horda desordenada, la formaban solamente mujeres. A las orillas, curiosas las miraban más gente pero ninguna se mezclaba. Mi primera reacción, después de la sorpresa, había sido darme cuenta que la situación contraria –que no hubiera habido ninguna mujer en la manifestación– se habría observado con normalidad pues las mujeres no participaban pues peligraban en esas cosas.
Una amiga me había referido sobre las reuniones donde se analizaba la opresión a través de las palabras: la lengua resultaba importante para describir estas cosas; así que ahora me preguntaba que si describiera la situación debería usar palabras neutralizadas con la terminación e, o debería repetir una y otra vez las cosas con cada una de las dos desinencias para expresar la parte femenina y su opuesta. 
Recordé de dónde había llegado esa forma extraña que se imponían en el habla oficial. La primera mención en mi memoria, venía de la presidencia. En una transmisión de la televisión oficial –hasta traía la banda puesta como muestra de su investidura–, se había dirigido a la niñez repitiendo dos veces las palabras. Y así comenzó la moda de repetir las palabras, primero una terminada en o y luego repetirla en a, o viceversa. Resultaba raro que esa costumbre, luego tan difundida, la hubiera iniciado en México, la persona más ignorante (¿o debería decir la pareja?) que había ocupado la titularidad de la presidencia de esta nación.
Mientras gritaban consignas recodaba la participación en una revista de difusión de una gaceta española donde una filosofa catalogaba esa nueva composición del habla más como ignorancia que como genuina reivindicación. Ahora, quizás en respuesta a esas pretensiones, como economía de la lengua, se había adoptado la terminación en e. En una página de la red había observado la grabación de una niña muy pequeña que se ufanaba que había reprendido a su maestra pues consideraba que ésta hablaba incorrectamente. Quizás tendría una cierta razón, pero la promoción de la lucha contra la educadora en una niña tan pequeña, imaginé que resultaría contraproducente para su educación. Así como le enseñaban ciertas ideas, y aunque la oposición resultaba importante, para una persona tan joven, la tolerancia también debería tener cabida.
Me preguntaba la utilidad de hacer una cosa así con la lengua. Aunque no dudaba que hubiera reminiscencias de opresión en algunas voces,  esas ideas –pensaba– deberían superarse. Otras partes oprimidas de la sociedad había sabido capitalizar las palabras, transformado la ofensa en mofa. La colectividad gay era una prueba pero ni la FIFA había entendido esa condición de nuestra idiosincracia. ¿Había palabras buenas y malas o era solamente nuestra habla la que expresaba discriminación? Prefería arriesgarme a una habla errada que a una lengua higiénica e inocua.
La marcha contaba ya con una gran participación y quienes las apoyaban, la mayoría entendiendo su decisión y como no no tenía otra posibilidad ante la violencia de ciertas Lisistratas de apariencia más bien varonil, se congregaban a las orillas sobre las banquetas de la avenida.
Esa sensación de que la humanidad más que unión, encontraba excusas para su separación me incomodaba pero al final, yo tenía mi pareja (masculina) así que si decidían que una separación absoluta por categoría era necesaria, yo no tendría ninguna objeción. Quizás se necesitaría una forma de acordar la procreación pues sin ambas partes, la humanidad tendería a la extinción.
En lugar de esas discusiones absurdas, era una necesidad atacar la problemática real. Había violencia y matanzas contra las mujeres y esa situación es la que deberíamos combatir. Pero quizás como me había dicho una feminista, que mis opiniones causaban más contrariedades que soluciones, pues yo no entendía la problemática. Soy sólo un varón.

Colonia, Alemania, Febrero 6, 2019


Para quien no lo haya notado, está narración no contiene ninguna palabra de género masculino (salvo la última), de allí el título del texto que es una muestra que se puede combatir la discriminación en la propia lengua sin mutilarla ni alterarla.


NOTA AL CALCE:

es curioso que al subir este texto en Facebook, haya sido censurado por la plataforma pues no aceptó que se incluyeran al mismo tiempo las palabras feminista e ignorante. En cambio, combinaciones como hombre ignorante, macho ignorante, etc. sí son aceptable para la plataforma. Entonces, me pregunto si estaríamos realmente ante una verdadera protección en contra del odio o simplemente este hablar higiénico y políticamente correcto solo aplica a las modas?