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Caminar por el barrio

 Caminar por el barrio

Caminar por el barrio, y como si estuvieras atrapado entre voces confusas de Benedetti, Serrat o algún otro exiliado, saber que ya no será más tu barrio. Te vas despidiendo de esas casonas de rostros lánguidos, sobrevivientes de una destrucción que toleró algunas pomposas fachadas; pero a medida que te vas acercando a la esquina todo se transforma en esos largos, perfectos y aburridos muros que difieren poco en sus tonos, como una melodía melancólica con sus regulares ventanas blancas que apunta a la esquina donde azotó alguna bomba. Recuerdas tu primer encuentro con la realidad de esos aparatos explosivos conteniendo su locura sumergida por décadas de olvido. Ya no te sorprenden más las evacuaciones, tampoco te impresionan más los tres ladrillos dorados frente a tu puerta que recuerdan a quienes sacaron de allí para desaparecer en los campos de exterminio. 

Al pasar por la panadería del barrio, saludas a través de la vidriera a la dependienta. Te responde con sus ojos que acumulan cierta tristeza oriental, aunque más melancólica te parece la chica que le ayuda los domingos cuando la gente hace fila en la calle. Ella también es amable contigo. Cuando la mayor te avisa con su sonrisa vergonzosa que ha puesto algunos panes extras en tu bolsa, le agradeces sintiéndote un poco el profesor Jirafales. 

Te despides de los panes oscuros como las carreteras por la noche, pesados y grandes como las manazas de los hombres, cargados con semillas de calabaza y de girasol. Los domingos extrañarás recorrer, incluso durante el frío, esos pasos que apenas te separan para comprar berlinesas rellenas de mermelada. 

Seguir avanzando por el barrio y pasar frente al restaurant de la Bruja, los ha tratado mal pero su marido cocina el mejor ganso de la temporada. Cruzas por la plaza y, en la esquina, observas niños trepando esas redes colgadas de estructuras de varios pisos de altura, campo de entrenamiento para una milicia infantil; alejados de allí, hombres y mujeres de aspecto descuidado toman poco a poco su cerveza, pues tiene que durar antes que venga la otra, y se quejan del gobierno y de los inmigrantes que les quitan los trabajos que nadie quiere hacer. Les llaman Hartz IV, por esa precaria ayuda que reciben del estado. 

Sales por el centro de la plaza y te topas de frente con la tremenda sinagoga, imagen fiel de la destruida. Desde una camioneta que mantienen encendida para no padecer frío, un par de policías aburridos la cuidan. Siempre ha sido notoriamente resguardada y ahora, en la paradoja de una guerra donde la víctima se convierte en verdugo, su seguridad se ha intensificado. 

Otras cosas también has visto cambiar. Cada vez duermen más en la calle y ya no son jóvenes caucásicos y bien alimentados los que, sentados en el suelo con un cartelito al frente, solicitan dinero a la entrada del supermercado donde siempre te olvidas de no hacer tus compras a mediodía y entonces tienes que atravesar el tropel de jóvenes de bachillerato que, en un ímpetu de hambre adolescente, revolotean frente a la comida preparada más allá donde se exponen verduras y frutas perfectas que en su cansado trayecto han perdido su esencia, y te preguntas si en esos viajes habrás perdido también parte de la tuya. 

En los refrigeradores encuentras el quark que aún no sabes qué es ni cómo se come, pero todos consumen. Tomas un par de esos costosos yogures de la marca suiza que no existe en ese país. Por ese mismo lado están los paquetes de jamones y salamis con tres o cuatro rebanadas, y los cartones de huevo con cuatro o seis piezas que resultarían ridículos en tu país donde las familias y los empaques son yumbo. Esta vez no cargas botellas ni latas para alimentar esas máquinas automáticas que te dan algunos euros por todos esos envases que los desempleados juntan mientras la gente se emborracha por las calles.

Atraviesas la inmensa zona de cervezas y refrescos, y cruzas entre los anaqueles con las botellas de vino y licores, y cuando llegas a las cajas, prefieres soportar el rostro malhumorado de la cajera enjuta pues las cajas automáticas siempre desconfían de ti. La mujer lanza a toda velocidad las mercancías sobre el lector sin tiempo suficiente para que las empaques, y así tú recibas las miradas inquisidoras de quienes te siguen en la fila pues aquí todos tienen prisa, hasta para el sosiego tiene prisa. No sólo se aprietan en la fila del supermercado, a grandes zancadas, cuando caminas por las calles, se ponen detrás tuyo, y hablan en voces fuertes y prefieres hacerte un lado para que pasen aunque una vez que lo hacen ya no se apuran tanto pues no les importa ir más rápido, sólo quieren ir delante.

Sigues por esa calle y cruzando la avenida que sigue el trazo de la muralla, pues la ciudad tuvo una gran muralla medieval y junto con París era la ciudad más poblada de esa época que llaman de oscura, atraviesas la zona del triángulo de las Bermudas, pues allí desaparecen los hombres, y vas pasando frente a los bares, uno para twinks, otro para osos, el de las lesbianas, el kinky; cada uno tienen su lugar, y antes de dar vuelta para llegar a la tienda de la china donde compras tortillas congeladas, observas la barbería de los turcos y en ese ambienta lleno de testosterona donde te arreglas la barba, un joven de aspecto masculino se arregla las cejas como teibolera acapulqueña. 

Ya no serán esas tus cotidianidades, y ya no podrás tomar la bicicleta para moverte de un lado a otro y recorrer las cuatro murallas, o alejarte un poco más y en esos caminos de tierra perderte en sus parajes de árboles en formación perfecta; quitarte los audífonos para escuchar el canto de las aves y sentirte de aventura a pesar de que a unos pasos los mercedes, los audis y los bemedobleus corren en el autobahn sin límite de velocidad conducidos por ciudadanos conscientes que votan por los verdes porque ellos los protegen de los inmigrantes, apoyan con tanques la paz, y porque su salud lo vale, pagan más para consumir productos libres de pesticidas, y usan fibras naturales, y reciclan los empaques de sus compras por internet.

Caminas por el barrio y en cualquier lugar, como si fuera el ojo de Saurón, las torres de la catedral te observan, y piensas que pronto vas a sustituir los kebab por tacos al pastor, la comida india por los moles, los phos vietnamitas por la sopa de fideos, y aunque te entristece, anhelas un mango que haya madurado naturalmente, y mientras piensas en ello te embarga la nostalgia y tratas de entender porqué se te vienen a la cabeza todas esas imágenes de poetas exiliados. 

Llevas el auto a nosotroscompramostuauto.de, claro, en alemán. No tienes muchas opciones, los ecologistas alemanes, financiados de manera altruista por los fabricantes de autos eléctricos, han decidido que es mejor para el mundo tirar todos los autos diesel al basurero que es para ellos el tercer mundo, y financiar autos eléctricos para que Elon Musk pueda viajar a la luna, así que no te queda más que venderlo a esas empresas que te pagan una bicoca para revenderlo en esos países inconscientes que consumen la basura que les mandan. 

Algunos días antes de abandonar el país cae una nevada extrema. Caminas por el barrio arrastrando los pies para no caer en la nieve y no miras hacia arriba porque no hay estrellas, ni miras hacia abajo que tampoco hay sombras. Y te das cuenta que nunca fue tu barrio pero allí te hiciste viejo. Recordar que, sin saber porqué, alguna vez lloraste en sus prados. 

El viernes te alcanza el huracán que como a Dorothy se llevará tu casa: cuatro trabajadores, hurgan en tus cajones y arrojan todos tus objetos a las cajas. No sabés porqué pero no haces nada, sólo los observas ir y venir y pierdes el control de todo lo que sucede con esos cuatro hombres que han retacdo tu vida de una década en cajas y como ladrones huyen con ellas. 

Atraviesas un océano como hiciste hace quince años lleno de esperanzas y que ahora vuelves con una sensación de derrota, triste, a un país que cada vez se encuentre peor pero no por eso deja de ser mi patria. Te levantas con el amanecer tras volcanes y las cúpulas. Sin necesidad de cubrirte sales al balcón y miras esas primeras luces de la mañana. Caminas por el barrio y recuerdas ese olor a cloaca que se mezcla con las fritanga donde dejan apenas espacio para pasar, y a pesar de que el semáforo está en verde cruzas la calle, pues tu seguridad es sólo responsabilidad tuya, y observas que hay más haitianos en el barrio y en la esquina sigue un campamento de gente sin techo y nadie se ordena a la derecha y todo resulta un caos, pero todo está lleno de estímulos, de luz, de colores, de sabores, de gente, y vuelves al barrio que nunca dejo de ser el tuyo.